miércoles, 23 de julio de 2014

Modelo imperfecto

 
Te levantas a las seis de la mañana, antes de que los primeros rayos de sol visiten la ventana de tu estudio. Aquí pintas y vives durante el verano; no encuentras distinción entre ambas actividades. Desayunas una tostada y un vaso de leche. Mientras te pones el chaleco negro, el abrigo y las botas de montaña recuerdas tu cuadro más exitoso, que pintaste el verano pasado en este mismo estudio: una mujer bella, joven, saltando entre las cumbres nevadas con sus zapatos de tacón y su vestido de noche, los ojos cerrados, el pelo suelto y la felicidad inconsciente de su rostro a punto de desnucarse en un jardín de erizos. Aún no comprendes por qué creaste tal mamarrachada y menos aún que se vendiera por un millón de dólares. Pero hace años que dejaron de interesarte el sentido o el valor de las cosas. Eres un pintor en un mundo extraño; esa es lo único que sabes acerca de tu condición.
Acaricias las tres patas plegables del caballete, cuyo diseño recuerda al de un trípode, como si fuera una mascota que duerme a los pies de tu cama. Compruebas que la paleta, los pinceles y las pinturas están en su sitio, reposando en unos compartimentos del caballete, y lo pliegas para transformarlo en una caja que puedes transportar igual que un maletín. Envuelves un trozo de pan y lomo en papel aluminio y lo metes en los bolsillos del abrigo junto a un botellín de agua. No necesitas nada más para enfrentarte a esta jornada fría, presagio del otoño, que amanece sin prisa como si la luz se desperezara sobre el paisaje.
Eres un hombre de cincuenta años con el pelo gris, la cara redonda y las piernas patizambas: solitario, por encima de cualquier otra consideración. Nadie te conoce en este pueblo pequeño y sumiso bajo el ceño tenaz de la montaña. Ella es tu objetivo, o al menos es lo que crees. La miras con respeto, apenas una sombra gris y fofa porque el sol no acaba de imponerse a las nubes, mientras asciendes por un camino ancho y pedregoso esquivando las hojas que a veces revolotean en torno a tu cabeza. En tus paseos diarios has observado cómo las manchas níveas se han extendido en las cumbres a medida que se aproximaba el otoño. Eso te recuerda que pronto habrás de abandonar tu tranquila cabaña y volver a tu piso en Nueva York: revisar el correo electrónico, devolver las llamadas perdidas, esquivar los coches, consultar el reloj, diseccionar símbolos… Suspiras y aminoras la marcha.
Aunque el caballete solo pesa unos dos kilos, caminas encorvado como si cargaras un rascacielos sobre tus hombros. Pero el aire frío insufla vida a tus viejos músculos y la quietud de acebos, hayas y abedules impulsan tus miembros. Oyes sonidos que te agradan, zumbidos tenaces, el fugaz trinar de pájaros lejanos. Ahora que el sol por fin ejerce de comandante del cielo, el séquito de nubes muestra formas más sugerentes, el color de los vegetales se vuelve más brillante, los olores te asaltan más puros e intensos. ¿Cómo pintar sin copiarlo todo? ¿Cuál debería ser la aportación humana en semejante ambiente? Ni siquiera intentas responder; te has dado cuenta de que eres tan bueno formulando preguntas como inútil contestándolas. Sigues andando hasta que notas la queja del sudor en tu frente.  
Una roca te ofrece su piel robusta en el linde de un pinar. Dejas a tu lado los materiales de pintura y te sientas sin reparar en la incomodidad. Bebes un trago de agua y comes despacio el bocadillo, como si mascaras el lomo cuando en realidad estás mascando una idea. El camino se bifurca unos metros más adelante. Hasta ahora siempre has tomado la vía principal, que atraviesa el  bosque para morir en un pueblo abandonado. Hoy no. Te desviarás por la cuesta más empinada, cuyo origen surcado por arbustos y zanjas no te había parecido prometedor.
El sendero es transitable, aunque adelgaza a medida que sube. Las patas del caballete golpean las ramas de los árboles, tus pies se transforman en material pesado y se agita tu respiración. Abres la boca para tomar oxígeno. La vegetación se torna cada vez más humilde, si bien de tanto en tanto relucen algunas flores que procuras no pisotear. Te gustaría pararte a contemplar sus tonos y formas, que intuyes bellos y variados, pero no te detienes porque sabes que bastaría una leve vacilación para que tus miembros cedan al cansancio y te ordenen regresar.
Ninguno de los pasos que das está exento de riesgo. Hoy no sigues una senda cómoda donde se adivinan los surcos plantados por vehículos a motor. Podrías incluso matarte sin dejar huella (por ejemplo tropezando con una roca y cayendo por la pendiente a tu derecha), salvo tal vez unas gotas de sangre fáciles de confundir con las de cualquier animal.
Cuando empezabas a dudar de tus fuerzas llegas al final del camino. Sientes que ya has conseguido lo que te proponías aun antes de saber en qué consiste. Observas el paisaje entre jadeos satisfechos: erectos conos montañosos que, coronados por nieve y nubes fundidas, muestran la profundidad y la altura de la cordillera con diáfana claridad. Te arrimas al borde del precipicio, extiendes el brazo; un pequeño brinco y estarías muerto. Retrocedes. A tu espalda se despliega una masa de árboles compacta que te protegerá de intromisiones.
Ahora sí descansas tumbado junto al caballete. Estás impaciente por pintar, pero sabes que las manos te temblarían y que a tus piernas les costaría trabajo mantenerte en pie. Unos hierbajos mustios, polvo rojizo y el viento que salta entre tus canas expulsando el rumor de cualquier pensamiento son los únicos testigos de tu presencia.
Pronto decides que has reposado demasiado. El baño de luz solar podría perder su temperatura óptima mientras vagueas. Vacías la caja y sitúas el caballete, la paleta y las pinturas a unos cinco metros del abismo. Aún no colocas el lienzo rectangular, de unos sesenta centímetros de altura. Otras veces has sufrido por ignorar la forma y el tamaño del cuadro que proyectabas, pero esta vez consideras secundarios esos elementos. Al fin y al cabo ignoras también el contenido de la obra, aunque intuyes que guardará relación con el entorno de naturaleza desnuda que has hallado con tanto esfuerzo. Miras a tu alrededor para cerciorarte de que no violarán tu intimidad. Ahora ya no quieres a los pájaros, a los insectos ni a las flores. Menos a las personas. Te gustaría detenerlo todo para captar más lenta y profundamente la energía que emana del paisaje.
Colocas el lienzo todavía virgen con infinito cuidado a una altura que te resulta cómoda. Contemplas las montañas que se entrelazan como inmensas lágrimas ondulantes brotadas de la tierra. El viento se encrespa por momentos y los rayos de luz vacilan como linternas parpadeantes. Debes darte prisa. Te agachas para coger los enseres de pintura que te muerden los pies. Sujetas el pincel con la mano izquierda (la diestra) y lo untas con la paleta que agarras por debajo con la derecha. Sientes de pronto una premura sobrehumana, como si el paisaje fuera a desvanecerse en un parpadeo. Procuras no parpadear.  No tienes tiempo siquiera de mirar el color que estás utilizando. Sin dejar de observar las montañas y el cielo untas el pincel repetidas veces. Pintas algo, no sabes qué, no hay tiempo de verlo. Trazas figuras rectilíneas coronadas en punta, pequeños cuadraditos en su interior, algunos cubos más pequeños al fondo, a la derecha unas nubes rojizas, un avión que choca contra ellas, pizcas de luz en áreas escogidas al azar, una estatua con el brazo levantado, un puente brillante.
Asombrado, das dos pasos hacia atrás y compruebas que has pintado Nueva York en el corazón de la montaña.

domingo, 6 de julio de 2014

Crónica de un rodaje muy revelador



¡Grabar un cortometraje cuesta más que recorrer el desierto a la pata coja! Pero también es tremendamente divertido y estimulante. Aunque todavía falta un poquito para compartir la pequeña obra en que pusimos todo nuestro afán, puedo decir que nunca olvidaré la experiencia cinematográfica del pasado fin de semana.
 
El sábado ensayamos unas horas con los actores y el domingo nos plantamos a las siete de la mañana en El Poeta Eléctrico. Todo estaba listo para el rodaje… o eso pensábamos en nuestra ingenuidad.  Los problemas técnicos no tardaron en surgir. El sonido no funcionaba y los actores, citados a las ocho, comenzaron a impacientarse hasta que, con gran filosofía, optaron por dormitar en los rincones del oscuro local.
 
Cuando por fin la tecnología decidió acompañarnos, comenzamos a rodar los 65 planos previstos en el guión técnico. Los extras aguantaron en su lugar con estoicismo, reponiendo el hielo de sus bebidas que debían lucir idénticas en cada toma, mientras colocábamos y recolocábamos planchas y focos hasta lograr el punto perfecto de iluminación. Las primeras escenas demoraron mucho tiempo, pero poco a poco ganamos confianza en nuestras posibilidades. Palabras y gestos fluían con naturalidad de los actores, que dejaban de ser ellos mismos para convertirse en los personajes que habíamos inventado.
 
En cada plano se incrementaba el anhelo perfeccionista. Grabábamos tomas solo para escoger en posproducción, repetíamos diálogos porque una palabra había temblado en los labios de alguien. Una especie de fanatismo cinéfilo y de prurito de cineasta transformó los rostros concentrados de quienes, unas horas antes, solo eran simples consumidores de lo que la pantalla les imponía. Aquella luz le resta dramatismo al conjunto, este encuadre carece de la perspectiva necesaria, ese giro de cámara compromete el salto de eje… en plenitud de la acción, cada integrante del equipo sentía que llevaba dentro el gen de Stanley Kubrick o Alfred Hitchcock. 
 

13 horas después salimos exhaustos del local cargando réflex, trípodes y focos, pero convencidos de que la experiencia había valido la pena. El bagaje que atesoramos en tan intensa sesión de rodaje ya nos acompañará por siempre. Incluso si ninguno vuelve a empuñar una cámara, grabar una escena, interpretar una frase o gritar “Coooooooorten”, podemos decir que, por un día, nosotros fuimos los protagonistas de la acción. 

 

sábado, 21 de junio de 2014

Letras y números



Esta semana no sabía con qué actualizar el blog, así que opto por la vía más fácil: mirarme al ombligo. He consultado algunas estadísticas del blog y mis perfiles en redes sociales, que comparto con vosotros pese a que pueden cambiar en este preciso momento: 75.220 visitas, 172 entradas, 1.165 comentarios (míos serán cerca de la mitad, pues contesto la mayor parte), 499 seguidores (que prefiero llamar “críticos”), 2.103 en Twitter y 213 en mi página de Facebook. A ellos hay que sumar los 1.170 amigos de mi perfil en la red creada por Zuckerberg, los 291 contactos en Linkedin y los 409 en Google +  ... en total, excluyendo algunos de otras redes en las que no tengo actividad, cerca de 4.700 si he sumado bien, aunque muchos son tan amables e insensatos que me siguen a través de distintas plataformas.

Los que me conocen saben que no siento especial inclinación hacia los números. Soy hombre de letras y los datos me dejan frío. Por ello quería decir, tanto a los que me leen habitualmente como a quienes llegaron aquí buscando información sobre una secta satánica o una especie en peligro de extinción, que para mí representáis mucho más que una simple cifra, incluso si no tengo ni idea de quiénes sois. Los números no pueden medir las diferencias cualitativas de una realidad, precisamente las más interesantes. Cada visita, cada comentario, cada seguidor es único. Tú eres único. No permitas que te etiqueten, que te reduzcan a ser un elemento más de una masa amorfa. Y dame un bofetón virtual por haberlo intentado en esta entrada.

jueves, 12 de junio de 2014

Me lanzo a la aventura audiovisual

 
 
No son pocos los autores literarios que, en algún momento de su carrera, han escrito un guión de cine, ya sea por vocación de experimentar o por encargo. Las diferencias entre un guión y una novela o cuento son considerables. Descripciones profusas se vuelven innecesarias, pues el espectador verá con sus propios ojos los lugares y personajes imaginados por el escritor. También hay que tener en cuenta los costes de grabación, el equipo humano, el tiempo disponible, etcétera. Ante una página en blanco el escritor no tiene límites, pero si pretende que su obra se interprete por actores de carne y hueso deberá adaptar su prosa a las circunstancias, muchas de las cuales no dependen de su control.
 
Tal vez ya adivinéis por qué os hablo de todo esto… en efecto, por primera vez me adentro en el territorio de la creación audiovisual. Estoy realizando un cortometraje junto a mis compañeros como proyecto de fin de máster… aunque va mucho más allá. Somos novatos en este campo y cada día surgen nuevos retos, pero me siento bastante satisfecho de cómo se han desarrollado las cosas hasta ahora. Tenemos un buen guión (la idea original es de un compañero, aunque he realizado mis aportaciones), lugar y fecha para la grabación y recursos económicos escasos pero suficientes. En parte los obtenemos de esta campaña de crowdfunding o micromecenazgo, todavía abierta a colaboraciones.


Ahora estamos inmersos en la elección de los dos actores principales. El próximo martes tendrá lugar el casting, a partir de las 18:30 en Kühnel Escuela de Negocios (Paseo Sagasta 32, Zaragoza), donde cursamos el máster. Se trata de una convocatoria abierta, así que cualquier actor vocacional será bienvenido.  La historia la protagonizan un escritor y un camarero, que dialogan y discuten acerca de la noción de éxito que impera en nuestra sociedad. La hemos titulado “Café revelador”,  puesto que los personajes se conocerán en un bar con la compañía de esta bebida tan literaria y cinematográfica, que ha presidido infinidad de conversaciones épicas tanto en la ficción como en la realidad.
 
La vida está hecha de historias, y las historias están hechas de vida. No puedo esperar el momento de compartir con vosotros el fruto cinematográfico de nuestra imaginación. Os dejo los enlaces de las plataformas sociales que hemos lanzado para difundir el proyecto, por si queréis informaros mejor o colaborar de la forma que se os ocurra:

Facebook
Twitter
Blog



jueves, 5 de junio de 2014

El rostro de un amigo


Cuando me encuentro por la calle un rostro

que creo conocido,

me equivoco al pensar que me equivoco.

No lo conozco, es cierto.

No sabe mi nombre ni yo el suyo. 

Pero en él me ha parecido vislumbrar

el rostro de un amigo.

No podemos fingir que no ha pasado nada.

Nos hemos mirado… y nos hemos visto.

 

Puedo olvidarlo, claro,

igual que puedo olvidarme de mí mismo:

tampoco ocurriría nada.

Puedo seguir creyendo

en el patrimonio exclusivo de mi cara.

Pero ignoraría la esencia de un hecho:

modela nuestro rostro igual sustancia,

y al olvidar el tuyo

dejo un trozo de mí

caer con el recuerdo. 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Entrevista a Antón Castro: “El periodismo ha sido el gran enemigo del periodismo”

Confiesa que tiene miedo a la oscuridad, pero es una luz en el panorama cultural aragonés y español. Gallego de nacimiento, aragonés de adopción, de él se ha dicho que le ha puesto mar a estas tierras con su imaginación. Hablamos de Antón Castro, autor de más de treinta libros y ganador del Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2013. Aunque dice que las nuevas tecnologías “han creado adicciones y una nueva forma de esquizofrenia”, él también es bloguero. Su espacio, que ha recibido millones de visitas, le ha permitido “tener otras vidas e indagar en la cultura de maneras muy diferentes”. Por él han pasado toda clase de personajes, incluso yo: http://antoncastro.blogia.com/2011/082901-el-blog-de-carlos-gamissans.php 
 
Antón es una persona humildemente sabia, capaz de recitar (pero no como quien repite una lista aprendida, sino con el entusiasmo propio de quien conoce sus obras) una pléyade de más de veinte creadores, en respuesta a una vaga pregunta. En las páginas del Heraldo de Aragón, en el suplemento Artes y Letras que dirige, en el tristemente extinto programa Borradores y en infinidad de tertulias, conferencias o presentaciones, no se cansa de divulgar y defender la cultura, que considera “imprescindible para cocinar, para hacer el amor, para vivir… pues enriquece constantemente, ayudándonos a encontrar la sensatez o buscar la transgresión”.   
 

Cine, literatura, pintura, fotografía… cualquier expresión de la creatividad merece su interés. Pese al mal momento que atraviesa la industria cultural, que a veces convierte a los artistas “en una especie de mendicantes o limosneros en busca de obtener la recaudación necesaria”, considera que “las ganas de crear son tan grandes que muchas veces superan todas las dificultades”.
Pero Castro es mucho más que un divulgador. La calidad y variedad de sus obras prueban su talento como autor literario. La última de ellos, Seducción (Editorial Olifante), contiene “poemas oníricos y carnales, elementos autobiográficos y homenajes a Felix Romeo, José Angel Valente o Ana María Matute”. Aunque no se siente un “poeta puro”, ha cultivado principalmente este género junto con el relato breve. “La poesía permite mayor preciosismo y condensación, mientras que el cuento está más supeditado a la eficacia narrativa. Utilizo la poesía para crear atmósferas, y el cuento para desarrollar historias y personajes”. Algunos como Patricio Julve, fotógrafo de la belleza que recorre libremente su obra, ya forman parte de nuestro acervo literario. Antón revela que tiene en mente escribir una novela biográfica del personaje (incluido en las ficciones de varios autores) que complete su historia.   



La cafetería Gorricho, donde le entrevisté, fue el lugar en que germinó su penúltima obra, El dibujante de relatos (Pregunta Ediciones). Aquí se reunía con Juan Tudela, el ilustrador que puso imágenes a las historias de Antón. El libro destila un cariño especial por Zaragoza, su ciudad de residencia desde 1978, donde vino por un motivo amoroso… y se quedó, porque cree mucho “en las relaciones humanas, lo que supongo que me convierte en un romántico”, confiesa.
Crisis. Una palabra que parece ligada a la cultura, para bien o para mal… y también al periodismo, donde el paro, la precariedad y la inestabilidad laboral alcanzan todos los niveles. Cuestionado acerca de su pasión-profesión, Castro se muestra autocrítico: “El periodismo ha sido el gran enemigo del periodismo, que ha de recuperar una deontología más sólida y hallar su sitio en esta sociedad de la tecnología”. Se necesita “rigor y esfuerzo para no denigrar el oficio”. También lamenta que algunos periodistas “quieran ser siempre excepcionales”, pues hay veces que “la genialidad no se entiende”. Reivindica el papel del “periodista de batalla”, que en el fondo es quien más dignifica la profesión. Considera que el éxito auténtico “tiene un componente de sorpresa y alumbramiento”, y está siempre precedido por un fuerte compromiso “con uno mismo, con el lenguaje y con la realidad, huyendo de la urgencia de la fama”. Consejos que, salidos de sus labios, nunca suenan arrogantes.  
La conversación con Antón gira y gira, siempre amena e imprevisible como el viento. De pronto me habla de la crónica, “un género rico y maravilloso que quizá se está perdiendo, con la única esclavitud de la realidad”. Cadena que es más bien fuente de inspiración, “pues no hay nada más fascinante, rico e inverosímil que la propia realidad, donde lo increíble sucede a todas horas”. La ficción se nutre de esos relatos y los adapta a su código narrativo. “La escritura es artificio, pero en tu propia sinceridad no hay artificio”, afirma con determinación.
Le hablo de mi novela aún inédita y me contesta que escribir es emprender “un constante esfuerzo de perfección, a veces traumático”, y que los libros nunca son tan buenos como deberían, solo “están en camino de serlo”. Los suyos, sin duda, han recorrido un amplio trecho.  
 
 
 
 
 

martes, 20 de mayo de 2014

"Blanqueemos" las elecciones europeas

No suelo hablar de política en el blog pero, por supuesto, no soy indiferente a la crisis de casi todo que atravesamos, en cuya interminable agonía los políticos tienen no poca responsabilidad. En los últimos días nos hemos visto obligados a soportar carteles propagandísticos, vehículos voceando consignas, debates estériles y declaraciones insustanciales (en cambio, las reflexiones sobre lo que es y debería ser Europa han brillado por su ausencia).
 
Soy de los que piensan que España debe integrarse en Europa, si pretende ser algo más que una mera comparsa a merced de las potencias emergentes y el gigante estadounidense, que todavía se sostiene como guardián y dueño del mundo. Sin embargo, al igual que me sucede en las elecciones generales y autonómicas, no sé a quién votar. Considero que el sistema de representación, limitado a votar cada varios años a formaciones políticas a cual más turbias, y la supuesta libertad que nos otorga de elegir nuestro destino, es una completa farsa. Por ello pensaba abstenerme, como vengo haciendo en las últimas elecciones. Pero el otro día, de pura casualidad, mientras caminaba por la Calle Alfonso, una mujer sonriente me entregó la cédula de Escaños en Blanco.




Lo que leí me pareció interesante y me informé un poco más a través de la web del partido (si puede llamarse así), que os recomiendo visitar: Escaños en Blanco. En resumen, prometen dejar sin ningún representante todos los escaños que les correspondieran en función de sus votos, algo que ya han logrado en algunas concejalías catalanas. Puesto que no me siento representado por ningún partido, esta me parece la opción más coherente para las elecciones europeas  y también para las posteriores, si no cambia mucho el anquilosado panorama político. Lo prefiero antes que votar en blanco o abstenerme, ya que esto acaba por beneficiar a los partidos mayoritarios y condena al ciudadano descontento al ostracismo más absoluto.
 
Si se pudiera dejar algún escaño vacío, además de ahorrar dinero en honorarios públicos, les daríamos a los políticos el toque de atención que sin duda merecen. A todos aquellos indecisos os animo a consultar su web, transparente como pocas, y a otorgarles su voto.