miércoles, 28 de mayo de 2014

Entrevista a Antón Castro: “El periodismo ha sido el gran enemigo del periodismo”

Confiesa que tiene miedo a la oscuridad, pero es una luz en el panorama cultural aragonés y español. Gallego de nacimiento, aragonés de adopción, de él se ha dicho que le ha puesto mar a estas tierras con su imaginación. Hablamos de Antón Castro, autor de más de treinta libros y ganador del Premio Nacional de Periodismo Cultural en 2013. Aunque dice que las nuevas tecnologías “han creado adicciones y una nueva forma de esquizofrenia”, él también es bloguero. Su espacio, que ha recibido millones de visitas, le ha permitido “tener otras vidas e indagar en la cultura de maneras muy diferentes”. Por él han pasado toda clase de personajes, incluso yo: http://antoncastro.blogia.com/2011/082901-el-blog-de-carlos-gamissans.php 
 
Antón es una persona humildemente sabia, capaz de recitar (pero no como quien repite una lista aprendida, sino con el entusiasmo propio de quien conoce sus obras) una pléyade de más de veinte creadores, en respuesta a una vaga pregunta. En las páginas del Heraldo de Aragón, en el suplemento Artes y Letras que dirige, en el tristemente extinto programa Borradores y en infinidad de tertulias, conferencias o presentaciones, no se cansa de divulgar y defender la cultura, que considera “imprescindible para cocinar, para hacer el amor, para vivir… pues enriquece constantemente, ayudándonos a encontrar la sensatez o buscar la transgresión”.   
 

Cine, literatura, pintura, fotografía… cualquier expresión de la creatividad merece su interés. Pese al mal momento que atraviesa la industria cultural, que a veces convierte a los artistas “en una especie de mendicantes o limosneros en busca de obtener la recaudación necesaria”, considera que “las ganas de crear son tan grandes que muchas veces superan todas las dificultades”.
Pero Castro es mucho más que un divulgador. La calidad y variedad de sus obras prueban su talento como autor literario. La última de ellos, Seducción (Editorial Olifante), contiene “poemas oníricos y carnales, elementos autobiográficos y homenajes a Felix Romeo, José Angel Valente o Ana María Matute”. Aunque no se siente un “poeta puro”, ha cultivado principalmente este género junto con el relato breve. “La poesía permite mayor preciosismo y condensación, mientras que el cuento está más supeditado a la eficacia narrativa. Utilizo la poesía para crear atmósferas, y el cuento para desarrollar historias y personajes”. Algunos como Patricio Julve, fotógrafo de la belleza que recorre libremente su obra, ya forman parte de nuestro acervo literario. Antón revela que tiene en mente escribir una novela biográfica del personaje (incluido en las ficciones de varios autores) que complete su historia.   



La cafetería Gorricho, donde le entrevisté, fue el lugar en que germinó su penúltima obra, El dibujante de relatos (Pregunta Ediciones). Aquí se reunía con Juan Tudela, el ilustrador que puso imágenes a las historias de Antón. El libro destila un cariño especial por Zaragoza, su ciudad de residencia desde 1978, donde vino por un motivo amoroso… y se quedó, porque cree mucho “en las relaciones humanas, lo que supongo que me convierte en un romántico”, confiesa.
Crisis. Una palabra que parece ligada a la cultura, para bien o para mal… y también al periodismo, donde el paro, la precariedad y la inestabilidad laboral alcanzan todos los niveles. Cuestionado acerca de su pasión-profesión, Castro se muestra autocrítico: “El periodismo ha sido el gran enemigo del periodismo, que ha de recuperar una deontología más sólida y hallar su sitio en esta sociedad de la tecnología”. Se necesita “rigor y esfuerzo para no denigrar el oficio”. También lamenta que algunos periodistas “quieran ser siempre excepcionales”, pues hay veces que “la genialidad no se entiende”. Reivindica el papel del “periodista de batalla”, que en el fondo es quien más dignifica la profesión. Considera que el éxito auténtico “tiene un componente de sorpresa y alumbramiento”, y está siempre precedido por un fuerte compromiso “con uno mismo, con el lenguaje y con la realidad, huyendo de la urgencia de la fama”. Consejos que, salidos de sus labios, nunca suenan arrogantes.  
La conversación con Antón gira y gira, siempre amena e imprevisible como el viento. De pronto me habla de la crónica, “un género rico y maravilloso que quizá se está perdiendo, con la única esclavitud de la realidad”. Cadena que es más bien fuente de inspiración, “pues no hay nada más fascinante, rico e inverosímil que la propia realidad, donde lo increíble sucede a todas horas”. La ficción se nutre de esos relatos y los adapta a su código narrativo. “La escritura es artificio, pero en tu propia sinceridad no hay artificio”, afirma con determinación.
Le hablo de mi novela aún inédita y me contesta que escribir es emprender “un constante esfuerzo de perfección, a veces traumático”, y que los libros nunca son tan buenos como deberían, solo “están en camino de serlo”. Los suyos, sin duda, han recorrido un amplio trecho.  
 
 
 
 
 

martes, 20 de mayo de 2014

"Blanqueemos" las elecciones europeas

No suelo hablar de política en el blog pero, por supuesto, no soy indiferente a la crisis de casi todo que atravesamos, en cuya interminable agonía los políticos tienen no poca responsabilidad. En los últimos días nos hemos visto obligados a soportar carteles propagandísticos, vehículos voceando consignas, debates estériles y declaraciones insustanciales (en cambio, las reflexiones sobre lo que es y debería ser Europa han brillado por su ausencia).
 
Soy de los que piensan que España debe integrarse en Europa, si pretende ser algo más que una mera comparsa a merced de las potencias emergentes y el gigante estadounidense, que todavía se sostiene como guardián y dueño del mundo. Sin embargo, al igual que me sucede en las elecciones generales y autonómicas, no sé a quién votar. Considero que el sistema de representación, limitado a votar cada varios años a formaciones políticas a cual más turbias, y la supuesta libertad que nos otorga de elegir nuestro destino, es una completa farsa. Por ello pensaba abstenerme, como vengo haciendo en las últimas elecciones. Pero el otro día, de pura casualidad, mientras caminaba por la Calle Alfonso, una mujer sonriente me entregó la cédula de Escaños en Blanco.




Lo que leí me pareció interesante y me informé un poco más a través de la web del partido (si puede llamarse así), que os recomiendo visitar: Escaños en Blanco. En resumen, prometen dejar sin ningún representante todos los escaños que les correspondieran en función de sus votos, algo que ya han logrado en algunas concejalías catalanas. Puesto que no me siento representado por ningún partido, esta me parece la opción más coherente para las elecciones europeas  y también para las posteriores, si no cambia mucho el anquilosado panorama político. Lo prefiero antes que votar en blanco o abstenerme, ya que esto acaba por beneficiar a los partidos mayoritarios y condena al ciudadano descontento al ostracismo más absoluto.
 
Si se pudiera dejar algún escaño vacío, además de ahorrar dinero en honorarios públicos, les daríamos a los políticos el toque de atención que sin duda merecen. A todos aquellos indecisos os animo a consultar su web, transparente como pocas, y a otorgarles su voto.   

martes, 13 de mayo de 2014

La aventura de publicar sin naufragar en el intento


Algunos amables lectores me han preguntado cuándo voy a publicar mi novela. Me encantaría dar una respuesta precisa, pero aún no conozco la fecha, el medio ni la forma. Todas las posibilidades, empero, siguen abiertas. En esta entrada voy a explicaros de manera sucinta los movimientos que estoy realizando con el objetivo de publicar el libro, por si el asunto os provoca curiosidad o por si ayuda a otros escritores que se encuentren en una situación similar a la mía.
 
Lo primero que busco son concursos en páginas como Escritores.org o Tregolam.
Los hay de muchas clases. Algunos están abiertos a todo el mundo, otros solo a determinados rangos de edad o espacios geográficos. Con frecuencia el tema de la obra es libre, a veces está prefijado por los organizadores. En mi caso, doy prioridad a los concursos para jóvenes o para autores noveles que no imponen restricción temática. 
El mundo de los concursos literarios daría para un ensayo. No faltan voces que claman contra la falta de rigurosidad y criterios sólidos en sus concesiones. Se dice que gran parte de ellos están dados de antemano, y que la calidad literaria no es el principal valor a considerar. Un periodista cultural que lo ha vivido de primera mano me contó alguno de los trucos a que recurren los organizadores para escoger al ganador, como seleccionar entre las finalistas un puñado de obras muy flojas con una única excepción, que es la que premia el jurado.
Sin embargo, debo reconocer que los certámenes me han dado bastantes alegrías en el género del relato breve, pues he recibido tres primeros premios y un segundo (huelga decir que careciendo de poderosas influencias). Por ello considero que vale la pena intentarlo con mi novela, en especial en aquellos destinados a autores jóvenes o noveles. Aunque la participación suele ser muy numerosa y las posibilidades de ganar muy bajas, algunos concursos premian a los finalistas con la publicación de la obra, lo que ya supone una notable oportunidad para un escritor que empieza.
Pero la búsqueda de los concursos más adecuados solo es una parte de la aventura. Las editoriales han sido, tradicionalmente, las encargadas de sacar del anonimato a los autores. Corren malos tiempos para la industria del libro, afectada por la crisis y perjudicada por su lentitud para adaptarse al nuevo paradigma digital (algo en lo que coincide con las empresas periodísticas, de las que tal vez hable en otro artículo). Por ello son pocas las editoriales punteras que permiten enviar manuscritos no solicitados. Esto obliga a afinar las pesquisas. No en vano se dice que, para hallar la editorial adecuada, debe seguirse un proceso similar a la búsqueda de empleo, es decir, nada de enviar el currículum (o la novela, en este caso) a diestro y siniestro, sino analizar bien el mercado y nuestros puntos fuertes para intuir dónde encajaríamos mejor.
Si todo esto nos abruma, también podemos intentar que una agencia literaria nos represente. De esta manera, dejaríamos en manos de profesionales la tarea de encontrar la mejor forma de publicar el libro. De lograrlo, el elenco de editoriales disponibles crecería enormemente, ya que muchas solo toman en consideración las obras de autores representados. Confieso que todavía no he enviado mi novela a ninguna agencia, pero tengo previsto realizarlo en breve. Obtener su apoyo simplifica la vida del escritor, que por lo general entrega de buena gana un porcentaje de sus derechos de autor a cambio de la labor promocional. Vale la pena intentarlo y esperar que no padezcan excesiva alergia al riesgo. Os dejo enlaces de agencias que permiten el envío de manuscritos.
Mi consejo para los autores noveles es que pasen por todas estas fases una vez hallan concluido una obra de la que se sientan razonablemente satisfechos: búsqueda de concursos, de editorial y de agencia. Mientras esperan con calma una respuesta (que suele demorarse varios meses, en caso de que llegue), pueden perfeccionar su libro, enviárselo a lectores de confianza, empezar otro o tomarse unas merecidas vacaciones. En mi caso, desde que acabé la novela no he dejado de escribir, pero lo hago con más inconstancia. Cuando me asalta una idea procuro cristalizarla en un relato; por ahora no me planteo arrancar otra novela. Creo que aún no estoy preparado.
Si pasan los meses y nadie apuesta por la obra, se abren dos alternativas: darse por vencido momentáneamente o publicar por tu cuenta. Esta última opción no debe plantearse como un fracaso o solución desesperada, ya que hay numerosos ejemplos de libros despreciados por agencias y editoriales que han cautivado a los lectores. Si quienes han leído la obra dieron un veredicto favorable (la opinión de madres y abuelas siempre se toma con precaución) y el escritor está decidido a publicarla, recomiendo la opción de Amazon, que analicé en este reportaje ya algo antiguo, pero aún vigente en su esencia.
 
Eso es todo por hoy. Si tenéis alguna duda sobre lo expuesto, intentaré ayudaros en la medida de mis posibilidades y conocimientos. Espero que nos sigamos leyendo por aquí y desmintiendo esa prematura sentencia de muerte que lleva años acompañando al mundo de los blogs. Qué leches, os quiero a todos.   
 
 

 

 

viernes, 2 de mayo de 2014

El humo del amor


Tomé el tren del amor,

pero decidí bajarme en la primera estación.

Y ahora veo con infinita tristeza

cómo los vagones se alejan.

 

A mi alrededor no hay más que desierto

y el humo del tren que envuelve mi cuerpo.

Cuando desaparece el último vagón,

aún no termina el sufrimiento.

Todavía escucho el rumor

y la tierra temblando bajo los cimientos.

 

Al fin me quedo solo y en completo silencio,

junto a la arena del desierto.  

viernes, 25 de abril de 2014

Inteligencia rota

Los padres arrinconan a la profesora en una esquina del aula. Es una mujer regordeta de aspecto simpático, pero ahora está asustada porque la pareja le acecha con sus ojos desorbitados. Se complementan en sus ademanes amenazadores y levantan la voz alternándose como si les guiara la batuta de un odio compartido. El motivo de discusión es su retoño, que a los siete años recién cumplidos aún no ha pronunciado su primera palabra ni escrito su primera letra.
La maestra se defiende como puede. Ella misma ha hecho horas extra para tratar de enseñar al chico, pero este se niega a trazar los símbolos que le muestran o a pronunciar los sonidos que se le repiten. En su lugar dibuja cosas absurdas e inventa vocablos incomprensibles. La profesora comete un error que casi le cuesta una agresión física: insinúa que tal vez el niño sufre algún tipo de retraso. Se estrecha el cerco de los padres, que la empujan hacia la papelera con los puños alzados y las caras enrojecidas por la furia.

-¿Qué dices, zorra? Mi hijo es el más listo de todos.
-Te vamos a denunciar por incompetente. Iñaki no aprende porque no le prestáis atención. Lo cambiaremos de colegio, pero antes os vamos a denunciar y se te va a caer el pelo. ¡Vaya que sí!
No es el primer colegio en que ingresa Iñaki. Ya desde el principio se vio que su naturaleza era introvertida y su testarudez insólita. Sin importar lo mucho que le regañasen, siempre hacía lo que le apetecía en cada momento. Si quería jugar a las tres de la madrugada, no podrían impedírselo o lloraría el resto de la noche. Pero lo que más inquietaba a los padres eran los sonidos de Iñaki. Venían a ser los mismos que los de cualquiera pero articulados en un orden diferente. Aprendieron que para él “papá” se decía “caco” y mamá “pipo”, pero cuando intentaba decir algo más complejo (a veces pronunciaba decenas de sílabas seguidas) no podían comprenderle. Entonces sus lágrimas eran enternecedoras y daban un poco de miedo por la sensación de angustia extrema que comunicaban. Se encerraba horas enteras en el baño o en su habitación y no salía hasta que se le agotase el último llanto.     
Los padres estaban tan desesperados que no se habían dado cuenta del formidable sentido del ritmo que poseía Iñaki, ni de su sorprendente capacidad para dibujar personas, animales y objetos con sus partes siempre invertidas. Cabezas arrastrándose por el suelo y tejados sosteniendo fachadas constituían sus especialidades; había adquirido la precisión de un arquitecto. Lo llevaron a psicólogos, lo cambiaron de colegio tres veces, incluso hablaron con él y procuraron insistir en que memorizara el alfabeto. Pero fue en vano. Iñaki se encerraba más y más en sus extraños símbolos y en sus palabras fantásticas.
La profesora, como recurso desesperado para sacarse de encima a los padres, les sugiere que sometan a Iñaki a un test de inteligencia adecuado a su edad. La propuesta es tomada por los progenitores como una cuestión de honor.
Vuelven a la escuela al día siguiente. Cada padre toma a su hijo de la mano. Iñaki es rubio, pálido, de cabeza muy redonda y mirada triste, los ojos verdes siempre entornados como si le costara acostumbrarse a la luz del mundo. A veces han de pararse porque ha visto una planta que cautiva su atención o ha oído un pájaro cuyo canto le inspira la emisión de nuevos sonidos guturales. La madre chasca la lengua, impaciente. Llegarán tarde. El padre bosteza. Cuando Iñaki se pone a croar, se le ocurre que tal vez la maestra tenga razón y el niño les ha salido rana. Pero se acuerda de que Einstein habló con años de retraso y espanta enseguida ese pensamiento. 
La profesora les está esperando en la puerta. Sonríe con tensión: nunca se ha visto en una situación semejante. Por la noche ha soñado que los progenitores le cortaban los brazos y los ponían en un plato cuyo ingrediente principal era la cabeza del niño, enriquecida con salsa de sangre. La sonrisa se le borra cuando recibe la mirada ácida de la madre. Iñaki está entretenido contemplando un escarabajo verde que su padre no tarda en aplastar. La maestra los conduce por un par de pasillos hasta un aula aislada, estrecha, de paredes blancas. Un escritorio negro con un flexo gris y una silla bajita ocupan casi todo el espacio. En el centro del mueble reposa el test: dos folios amarillentos llenos de preguntas concretas sobre lengua, matemáticas, agudeza visual, memoria… Debajo, unos centímetros para responder o unos recuadros donde marcar la opción correcta.
El niño se sienta, agarra un bolígrafo situado junto a las hojas, apoya los codos y se queda mirando el sello del colegio impreso en la parte superior, al que añade unos pétalos. Los adultos lo observan desconfiados, como si pudiera hacer cualquier cosa menos lo que ellos esperan, de un modo similar a un entomólogo que acaba de descubrir una nueva especie pero sin tanta curiosidad. Iñaki mira los números y las palabras, los palpa con los dedos, los moja con su saliva. La profesora le pregunta si entiende el test. “Tos”, responde el chico alargando la ese. La madre se apresura a explicar que eso significa que sí.
-Ahora hay que dejarlo solo. Volveremos en media hora y comprobaremos los resultados. ¿Os apetece un café?
La simpatía de la docente se resquebraja ante la torva expresión de los padres. Toman un café, pese a todo. El silencio es tan pesado que se beben la taza enseguida y en menos de veinte minutos están de vuelta en la sala del test. La luz del flexo ilumina los papeles despedazados. Iñaki se ha ido.


viernes, 11 de abril de 2014

El germen del Holocausto


Hoy comparto con vosotros este cuento que publicó recientemente la asociación cultural “Plazuela de los Carros”, de Torralbilla, en el libro que recoge las obras seleccionadas por el jurado en su II Concurso de Relatos Cortos. En él me invento la infancia traumática de Adolf Hitler que le conducirá a su irracional odio contra los judíos, con las trágicas consecuencias que todos conocemos.   
 
Cada tarde lo veía en el patio de la escuela, separado del resto por un muro invisible. Con la cabeza siempre levantada, orgullosa, y el pelo oscuro peinado con una raya estricta, nos miraba jugar al fútbol de manera displicente, como si estuviera convencido de que él podía hacerlo mucho mejor. Pero no tenía ninguna necesidad de probarlo. Parecía cómodo en su posición de espectador intocable o entrenador fantasma. Se situaba a la altura del centro del campo, de pie, y absorbía la imagen de cada patada, disparo o agarrón.

En clase se colocaba en la última fila, solo, y nunca decía una palabra. Era bajito, enclenque y, al parecer, tímido. Apenas levantaba la vista del pupitre. En ocasiones lo veía pintando o dibujando en su cuaderno. No era raro que apareciese con moratones en la cara, aunque nunca lo había visto pelearse con nadie. Debo confesar que me caía bien, o al menos me suscitaba curiosidad, pero yo también era tímido y no me atreví a hablarle ni una vez durante el año que fuimos compañeros.

Nunca olvidaré la mañana en que, después de una clase de plástica, decidió abandonar su puesto de observador y salir a jugar con nosotros. Correteó detrás de la pelota sin que estuviera claro a qué equipo pertenecía. Cuando consiguió controlarla, Hadar, que era el mejor jugador de los otros, se la quitó con una entrada dura. Él se retorció de dolor, pero el juego continuó y Hadar, tras driblar a dos contrarios, marcó un gol magnífico. Mientras sus compañeros lo abrazaban, él le miraba todavía desde el suelo con unos ojos rezumantes de odio. Me acerqué y le di la mano para ayudarlo a levantarse, pero me ignoró y se puso en pie sin ayuda.

No volvió a jugar al fútbol en mi presencia. Sin embargo, noté que siempre que el equipo de Hadar vencía (lo que era muy frecuente), su cara se agriaba en una mueca adusta que lo hacía parecer adulto a sus diez años. Si Hadar metía un gol, él contestaba pateando una piedra, rabioso. Un día en que logró tres tantos, al volver a clase se puso a dibujar tan enérgicamente que el profesor se dio cuenta. Cogió su cuaderno y lo mostró a la clase. Pude apreciarlo desde la segunda fila: la violencia era el rasgo común de todas las escenas. Aparecían cuerpos desmembrados, armas de fuego, cuchillos, edificios abrasados por las llamas. La única nota de color la aportaba el rojo intenso de la sangre que goteaban los personajes. El más martirizado se asemejaba a Hadar con su cuerpo larguirucho, sus orejas grandes y su cabeza esférica. El maestro arrancó las hojas, las convirtió  en una masa informe, le dio una bofetada, lo agarró de la muñeca y lo expulsó del aula.

No apareció durante la semana siguiente. Cuando se reincorporó tenía el rostro más amoratado que nunca. El profesor lo obligó a sentarse en primera fila, justo delante de mí, “para que no se distrajera”, según dijo con un tono humillante. Se le notaba acobardado o avergonzado; las piernas le temblaban cuando el maestro levantaba la voz. A partir de entonces, algunos de mis compañeros (entre ellos Hadar) comenzaron a burlarse de él. Le sacaban la lengua en los pasillos, se reían de su aspecto y le arrojaban bolas de papel cuando el profesor no podía verles. Más de una vez me cayeron a mí por encontrarme en mitad de su trayectoria. Él simulaba no percatarse de los impactos en su cabeza, en su espalda o en su cuello, pese a que a veces resonaban en el silencio de la clase.

En el recreo le tiraban la pelota a la cara, así que tuvo que retirarse de su posición habitual y lo perdí de vista. Un día en que la lluvia era muy aguda me refugié en la biblioteca en lugar de salir al patio. Allí me lo encontré leyendo en un rincón apartado de la mesa. Sujetaba un grueso libro de historia con la mano izquierda y cerraba el puño derecho como si las palabras excitaran su deseo de matar a alguien. Al notar que lo observaba apretó sus cejas, abrió al máximo sus ojos y me lanzó una mirada que se extendía como un látigo derribando anaqueles, sillas, cuerpos, muros para interrogarme (tal vez amenazarme) con una intensidad que yo nunca había experimentado.

Desde ese momento supe que era mejor no meterse con él. Daba igual su cuerpo escuchimizado o su carácter retraído. En su iris tenuemente azul parecía capaz de retenerlo todo, de rebosar su furia y esparcirla a voluntad. No había miedo en su mirada, tampoco duda de ninguna clase, solo una férrea determinación que buscaba a qué aferrarse para ya no soltarlo nunca. Creo que le habría bastado cualquier cosa: un prejuicio, una idea, una teoría. Pero lo primero que atravesase sus ojos y penetrase en su mente se instalaría inamovible como una estatua. 

Temí por Hadar y por mis compañeros, incapaces de atisbar las brasas que avivaban en su interior con cada ofensa. Intenté advertirles. Les pedí que lo dejaran en paz, pero no me tomaron en serio. ¡Ojalá hubiera sido yo el objetivo de sus burlas, yo que soy una persona pacífica y vulgar! Incitaron su odio hasta el último día de curso, inventando nuevas formas de castigarle. Un día, a la salida de la escuela, le dieron una paliza entre tres delante de mis ojos. Hadar fue quien le atizó más duro. No se le cayó una lágrima ni soltó un grito de dolor o de auxilio. Tan solo el sonido de las patadas y los puñetazos contra su cuerpo demostraba que no estaban golpeando al aire. Lo dejaron tirado en el suelo con la sangre manando de su nariz. En cuanto se alejaron se levantó tambaleante, se secó con un pañuelo y después lo rompió en varios pedazos. 

Aquello tenía que estallar. No sabía cuándo, cómo ni dónde, pero estaba seguro de que estallaría con una violencia incontrolable, aunque los sucesos de los años posteriores fueron mucho más terribles de lo que yo hubiera podido imaginar. A la mañana siguiente lo vi apuntar varios nombres en su cuaderno. El de Hadar figuraba en primer término, subrayado. A continuación del apellido escribió una palabra entre paréntesis: “judío”. Recuerdo que al hacerlo una ligera sonrisa le torció la boca.

martes, 1 de abril de 2014

Currículum alternativo


En estos tiempos en que encontrar empleo es una tarea difícil, he elaborado un currículum alternativo que en nada se parece al que envío cuando descubro una oferta de trabajo interesante. A ver si me abre alguna puerta... a ser posible, de esas que no son de cristal y con las que chocas sin darte cuenta. Que nadie se lo tome muy en serio :D


Experiencia laboral y formación académica

 
Graduado en la carrera de conocimientos inútiles y poco profundos (tapeo intelectual, engorda más de lo que nutre)

Máster en lenguas extintas y palabras olvidadas

Seis años de experiencia en buscar la perfecta metáfora (por supuesto, sin hallar rastro de ella)

Diestro cazador de las formas fugaces de las nubes

Inigualable contemplador de las musarañas de su pensamiento

Grandes habilidades personales, sobre todo en el campo de las divagaciones con uno mismo y las disquisiciones pseudo-filosóficas


Publicaciones

 
Las primeras páginas de 6 novelas incompletas

16 relatos malos como para llevarlo a juicio

Un blog maltrecho y mal hecho, después de cientos de entradas aún nadie sabe de qué va

 
Aspectos a mejorar (no leer si se pertenece a las filas de Recursos Humanos de empresa prometedora, generosa y desesperada)


Problemas para trabajar en equipo: su hemisferio cerebral derecho está atrofiado y, con todo, es el que predomina

Estabilidad mental: sus personajes no dejan de tener extrañas alucinaciones y se sospecha que, de existir en la vida real, inmediatamente serían recluidos en centros psiquiátricos 

Discernimiento entre realidad y ficción: se le ha visto llorar por el inesperado bodorrio de bellas mujeres que solo existían en el sueño de un primo lejano