viernes, 27 de enero de 2012

¡Ya está disponible mi libro de relatos!


En este enlace del Instituto Aragonés de la Juventud podéis leer gratis mi libro de relatos, además de la obra galardonada con el segundo premio en el concurso de Literatura Joven que me concedieron recientemente: http://www.aragon.es/estaticos/GobiernoAragon/Organismos/InstitutoAragonesJuventud/Documentos/2011_Literatura.pdf
Como ya he comentado, el libro se titula "Juicio a un escritor" y lo componen 16 cuentos independientes. Se han escapado algunas erratas, pero he quedado bastante satisfecho del resultado final. Varias de las narraciones las he ido colgando por aquí y otras no. Espero que os gusten y me encantaría conocer vuestras opiniones. En cuanto al libro en papel, confío en que se publique en los próximas días. Ya os avisaré de ello.   

Por otro lado, he terminado de corregir mi novela. Ahora voy a descansar unos días de ella y después decidiré si la dejo tal como está o si aún realizo modificaciones. Supongo que la enviaré a concursos a ver si tengo suerte. Os doy las gracias a quienes la habéis leído por vuestras sugerencias, que he tenido muy en consideración a la hora de revisar.  

Un abrazo a todos 

lunes, 23 de enero de 2012

El retorno del viaje





El viaje por la propia mente es infinito.

Sin fronteras ni signos ortográficos,

llena la vida de paisajes invisibles.


Somos errantes de nuestro propio pensamiento.

El hallazgo radica en no encontrarlo,

en no fosilizar el intelecto en las categorías de la lógica.

Ser creativo es ser viajero,

aun náufrago de un océano tantas veces seco.


No soy consciente de ser nada,

y tal vez por ello sea muchas cosas que no caben en las palabras.

Cosas hechas de bruma, sin forma definida, sin significado concreto,

múltiples y solitarias gotas que caen en silencio.     

jueves, 12 de enero de 2012

El poeta mecánico




José Borlaz era conocido en la ciudad por ser un honrado mecánico, provisto de una boina roja y unos brazos todavía ágiles que se abrazaban a los bajos de los coches y se manchaban con gusto de la grasa vehicular. Jamás retenía un automóvil más allá de lo necesario y cobraba a buen precio sus horas de obstinado tesón arrodillado junto a las carrocerías, inclinado sobre los motores o entreverado con los neumáticos. Ya se hallaba próximo a la jubilación e instruía en el taller a dos muchachos carentes de su vigor y de su vitalidad. Los dirigía con la determinación de un general, pero su condescendencia era más propia de una madre: la que habían perdido.

Sin embargo, de espaldas al mundo (y de frente consigo mismo) José Borlaz se consideraba un mecánico correcto irradiado de una invisible vocación de poeta. Desde los veinte años dedicaba al menos una noche de viernes al intento de escribir poesía, aunque en realidad solía borronear no más de tres o cuatro versos que repasaba con incurable obsesión. Sus temas eran variopintos e inconexos. Si el primer verso trataba sobre la nostalgia del futuro, acaso el siguiente lo transformase en espía infiltrado en una guerra de flores.

José Borlaz solo llegó a compartir sus anhelos poéticos con un ser de carne que, a los pocos días de su confesión, murió a causa de un accidente de tráfico. La noche en que falleció su mujer, escribió: "Si, como aventuran ciertos literatos, una novela es comparable a una esposa y un poema a una amante, hoy me he quedado sin novela, sin poesía, sin esposa y sin amarte". Pese a su decaimiento nunca faltó a la cita ajedrecística de los viernes, en la que el combate versificado casi siempre concluyó en rendición suya.

En sus últimos meses la vida de José Borlaz habría transcurrido en una monotonía soportable, modulada por los progresos de sus hijos en el taller y los de la enfermedad terminal en su cuerpo, de no ser por las enigmáticas cartas que comenzó a recibir cada viernes por la noche en su buzón: lacradas, sin remitente, con un sello en el que se dibujaba el Coliseo de su Roma natal. Una caligrafía montañosa describía caligramas de flores, pechos femeninos, animales, ruedas, etcétera. Al principio supuso que su llegada se debía a un error, pero la puntual reiteración de los envíos le convenció de que alguien, acaso procedente del Más Allá al que se acercaba a ritmo presuroso, le estaba enviando un mensaje en clave.

El mecánico poeta abandonó por primera vez en cuarenta años su hábito de enclaustrarse cada viernes en su habitación para escribir versos. Ese tiempo lo dedicaba al análisis de los poemas recibidos. No sacó nada en claro. Al igual que los suyos, trataban de abarcar diversos temas sin apenas precisar ni profundizar en ninguno. Solo el caligrama ofrecía pistas acerca de la verdadera intención del autor… o tal vez contribuía a oscurecerla, pues no era excepción el poema cuyos versos dibujaban la forma reconocible de un pájaro o una amapola, por ejemplo, sin referirse en ningún momento a ellos. En cualquier caso resultaba más inteligible el dibujo que las palabras, embadurnadas en ocasiones de saliva, tinta o sudor, como si el poeta las hubiera horneado pocos minutos antes de que él las recibiera.

Su inquietud lo llevó a convocar a un viejo amigo calígrafo. Este se inclinó con una lupa sobre los versos y los leyó en todas direcciones, de atrás hacia delante, en orden alterno o sin orden. Su mayor descubrimiento fue que el autor siempre evitaba escribir la J mayúscula y la B mayúscula. Desistió de ulteriores averiguaciones, desesperado por la combinación demente de líneas y espacios; al menos no le cobró.

Cinco semanas después de haber recibido la primera carta, José Borlaz sintió un dolor sordo en el páncreas que le obligó a cambiar de estrategia. En contra de sus convicciones, según las cuales un misterio es más interesante cuanto más se dilata y aleja su resolución, resolvió zanjarlo como si se tratara de un problema mecánico. Calculó la hora en que el mensajero depositaba cada viernes la carta sobre el agujero de su buzón. Dedujo que tal vez el autor no se arriesgara a entregarla en persona, por lo que se armó con un martillo y unas tenazas, determinado a amenazar con ellas al ejecutor del enigma. Transcurrieron tres horas de aguardo en las escaleras hasta que el sueño le venció, se le cayeron las herramientas de las manos y, derramándose sobre la pared de enfrente, durmió: el buzón amaneció yermo de poesía.

El mecánico aprendió la lección y no volvió a desafiar lo sobrenatural con martillos ni tenazas. A la semana siguiente observó un cambio en la sexta carta: el sello no representaba El Coliseo de Roma, sino una iglesia perteneciente a la ciudad donde se había trasladado con sus padres en su sexta semana de vida (y en la que seguía residiendo).

José Borlaz no perdía las esperanzas de comprender el misterio antes de morir. Los poemas comenzaron a aclararse un poco. Cada semana los descifraba mejor, ya fuera por la mayor firmeza de sus trazos o por los progresos de su entendimiento. Pero, por desgracia, cuando pudo leer la mayoría de las letras se desdibujaron los caligramas.

Renunció a los hospitales y decidió que moriría en su dormitorio. Se propuso resistir un viernes más. Entre sufridos estertores, suplicó a sus hijos que acudieran al buzón y le trajeran la última carta. La sujetó con sus manos amarillentas y la leyó con ojos llorosos; en esas lágrimas se condensaba su vida. Sus dedos temblaban de anhelo, su corazón trotaba como un niño. Dos únicas palabras escritas en letras mayúsculas, inconfundibles, trazaban un caligrama límpido: José su cara, Borlaz su cuerpo.

jueves, 5 de enero de 2012

La sonrisa de Stalin


Tatiana entró en la tienda de bisutería con intención de guarecerse del frío. Era una muchacha tan pobre como bonita. Durante los veranos paseaba su belleza en las calles, pero en el invierno gélido de la Unión Soviética hubiera cambiado toda su beldad por un abrigo que la protegiera de las inclemencias del tiempo.
Tatiana no tenía techo y vestía harapos, así que se adentró en la bisutería a semejanza de quien se apiña en torno a una hoguera. Desde el momento en que puso un pie en el local, el vendedor no parpadeó, ansioso por encontrarla incluso detrás de los estantes repletos de baratijas, a las que denominaba joyas. Enseguida se dio cuenta de que aquella chica era lo más parecido a una joya que había en su establecimiento. Vio cómo se fijaba en un collar un poco menos feo que los otros, lo cogía y se lo colocaba en el cuello. Mientras tanto una sonrisa se abría con dificultades en su rostro, como si hubiera olvidado los movimientos que la materializaban. El tendero, un hombre ya mayor con una larga barba plateada, se acercó a ella y le habló con amabilidad.

-¿Te gustaría quedarte con ese collar, jovencita?
Tatiana lo dejó en su sitio y retrocedió, alarmada.
-No sé cuánto vale, pero no tengo dinero para comprarlo.
-No importa… puedes pagarme con tu sonrisa.
-¿Cómo dice?
-Comercio con dinero. De lo contrario no sería vendedor. Pero me encanta tu sonrisa. ¿Por qué habría de pedirte monedas, si me has dado algo que considero más valioso?
El temor de la chica se convirtió en una mezcla de sorpresa y desconfianza.
-Pero yo no te he dado mi sonrisa. Ni siquiera la dirigía hacia ti…
-No te preocupes por eso. Si lo piensas bien no supone ninguna diferencia. Cuando pagas al vendedor tampoco le das el dinero; solo se lo prestas. En realidad se lo otorgas al Estado, que es el dueño de todo. ¡Hasta tu sonrisa le pertenece! Tal vez algún día la expongan junto a latas de comida o zapatos sucios. El único que tiene la propiedad de sí mismo es el Estado. Es una verdadera lástima que carezca de sentido del humor. De hecho, todavía no le ha sonreído a casi nadie.
Más aterrada que nunca, Tatiana salió corriendo. La próxima vez se lo pensaría mejor antes de mostrar su sonrisa a desconocidos.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Despedida fugaz


En la última entrada del 2011 os muestro una página del libro que ya tengo en mis manos y publico el primer relato que aparece en él. Aunque a muchos os lo regalaré, os recuerdo que estará disponible a partir de enero en El Corte Inglés de Zaragoza y en la página web del Instituto Aragonés de la Juventud.

Os agradezco el tiempo que habéis dedicado a leerme y a comentar mis textos; espero que el año 2012 sea mejor que el que termina en todos los sentidos. Yo prometo seguir escribiendo con mayor entusiasmo si cabe. Ya he revisado la mayor parte de mi novela y confío en que esté lista dentro de pocos meses. Seguiremos compartiendo literatura en este y otros espacios de la red, pues la fuerza de las letras sobrepasa cualquier tipo de frontera.


¡Feliz año a todos!   


Un examen muy revelador



Faltaban apenas unos minutos. Otra vez tendría que enfrentarse al examen cuya reválida no se acababa ni se aliviaba nunca. Intuía que las oportunidades para aprobar no eran infinitas, pero también que no se podía conocer cuántas le restaban. Lo único evidente era que, año tras año, iba quedándose más solo. Algunos de sus amigos (los menos) ya habían superado la prueba en sus años de instituto, otros lo lograron durante su periplo universitario o de formación superior y los más rezagados lo consiguieron con posterioridad a sus estudios.

Entró en la Sala del Examen guiado por unas flechas dibujadas en el suelo. En aquella ocasión se encontraba en un parvulario. Aunque siempre tenía el mismo aspecto, la Sala del Examen nunca se hallaba en el mismo sitio. Su ubicación no se conocía hasta unas horas antes de la prueba. Cómo se trasladaba de un lugar a otro, no se sabía: formaba parte del misticismo de la evaluación.

La Sala del Examen era un espacio cerrado de paredes blancas, lisas, con carteles marrones que ponían “prohibido tocar”. Sin embargo, el techo de la estancia era rojo carmesí, con dibujos negros de geometría absurda; figuras cuadradas coronadas por un triángulo o rectángulos que se iban cerrando sobre sí mismos hasta replegarse en un círculo. El suelo asomaba color carne, como una piscina inocente.

Debía afrontar la prueba en solitario. El silencio que se respiraba era inaguantable, como si todo el ruido de la ciudad se hubiese disipado, y todas las voces, los coches e incluso el aire se hubieran detenido para observarle. Suspiró y empezó a avanzar con precaución hacia el folio que habían dejado sobre una mesa añil, sin silla que la acompañase, en el centro de la sala. Antes de coger el papel trató de serenarse. Aquello no podía resultar tan difícil, si lo analizaba bien. La pregunta del examen siempre se repetía y, además, las respuestas correctas eran infinitas. ¿Cómo demonios no podía hallar siquiera una contestación salvadora?

Suspiró de nuevo, sacó un bolígrafo del bolsillo del pantalón con los dedos temblorosos y agarró el papel. El folio amarillento, mal reciclado, tenía un tacto áspero y un tufillo a sudor. Quizá esa misma hoja se había empleado antes para otros muchos examinados que no lograron responder. Él mismo empezó a sudar y el bolígrafo se le escapó de entre los dedos. Sin recuperarlo leyó la pregunta, escrita con tinta roja: ¿Qué quieres hacer con tu vida? Dejó el folio en la mesa con la suavidad de la derrota. Una vez más, no tenía respuesta.     

viernes, 23 de diciembre de 2011

Sobriedad etílica



El arte por el arte es una frase en balde,

como todas las frases que no son más que frases.

El verdadero arte está libre de la injusta vara de medir

de lo que comúnmente se denomina Realidad y Verdad.

Ya solo por eso se justifican tantos fiascos y fantasías.



La realidad desafía cada día nuestra credulidad.

La literatura desafía a la realidad,

la interroga, la pone en el banquillo de los acusados,

la tortura para que hable si es necesario. 



Para ello no le importa tirarse faroles.

No es ella quien puede perder su libertad.

Somos nosotros los que nos jugamos algo.

Es nuestra la decisión de abrir o cerrar los ojos.



Pero no avancemos demasiado deprisa.

El riesgo de olvidarse a uno mismo por el camino

sería demasiado grande.

Bebamos un trago.



El alcohol solo es una solución temporal.

La muerte es la causa y la solución

de todos los problemas,

el veneno y el remedio definitivos.



Contengamos la ansiedad por saber todas las respuestas.

No hay prisa. Bebamos y vivamos.   

jueves, 15 de diciembre de 2011

¡Ya me han dado el premio!



El evento en el Museo Pablo Serrano fue breve. Estuvieron algunos representantes políticos, de la CAI y del Instituto Aragonés de la Juventud. Los ganadores de los distintos concursos, a los que aprovecho para felicitar, nos hicimos unas fotos (como la que podéis ver, que aparece hoy en el Periódico de Aragón) y recibimos un sobre valorado, en mi caso, en 2.500 euros.

Como es lógico, al tratarse de un museo el protagonismo recayó en los cuadros, fotografías y cómics que estaban expuestos, mientras que el libro pasó más inadvertido. De nuevo agradezco su presencia a los amigos que vinieron; lamento no haberles podido dar un libro a todos. Quizá no debía haberme comprometido tan directamente, pues no era algo que dependiera de mí. Sin embargo, en los próximos días os entregaré a todos un ejemplar algo más vistoso que el que llegó ayer, con la portada más realzada y una dedicatoria personal.

Sé que hay amigos que querían ir y que finalmente no pudieron por motivos más que justificados, y otros que viven en ciudades diferentes. Algo de imaginación tengo, así que no me costó nada “veros” entre el público y los flashes de las cámaras. Por supuesto también habrá un libro para ellos. El próximo martes iré a buscar los cincuenta que me corresponden y comenzaré a repartirlos con mucho gusto. Por otro lado, en los próximos días se publicarán en la página del Instituto Aragonés de la Juventud http://www.aragon.es/iaj los 16 relatos y la novela corta del ganador del segundo premio, Ángel José Martínez Longás, así que podrán leerse gratuitamente.

Gracias a todos por vuestras felicitaciones, por vuestro seguimiento y por vuestro afecto. ¡Nos leemos!