sábado, 7 de noviembre de 2026

Las historias que nos contamos a oscuras

Hay noches en las que una conversación de hace diez años palpita con más fuerza que lo ocurrido esa misma tarde. Recordamos una frase que dijimos sin pensar o una persona a quien dejamos marchar. La habitación sigue en silencio, pero el pasado ha encontrado su manera de hacerse oír, saltándose el orden en que sucedieron las cosas.

En esos momentos, resulta tentador creer que nos hallamos ante un momento de excepcional lucidez. Sin las distracciones del día, parece que por fin llegamos al fondo de nuestros pensamientos y emociones. Sin embargo, la versión más dolorosa de la historia también puede ser una simplificación. Una equivocación concreta acaba ocupando todo el espacio en nuestra mente, mientras largos años de experiencias quedan excluidos de la reflexión.

El significado de lo vivido toma nuevos carices, y una decisión que entonces llamamos valiente puede parecernos ahora una imprudencia. El silencio con el que evitamos una discusión se convierte, tiempo después, en la prueba de que nos faltó arrojo. Juzgamos a quien fuimos con información de la que  no disponíamos. A veces incluso le exigimos que adivine el desenlace. 

En mi novela Duermevela, Juan es un periodista de treinta y cinco años que se siente fracasado, pese a que su trayectoria incluye una presencia notable en radio y televisión. Sus noches de insomnio se entrelazan con episodios de su pasado. El lector va conociendo a un personaje que intenta recomponer su vida, pero cuyos recuerdos y pesadillas dificultan cualquier explicación tranquilizadora.

Su oficio añade una capa de tensión adicional. Como periodista, reconoce la importancia de elegir un enfoque y decidir qué hechos merecen atención. Al contar nuestra propia vida también seleccionamos, aunque sea más difícil advertirlo. Podemos extendernos en las circunstancias que justifican una decisión y pasar deprisa por sus consecuencias para otra persona. Incluso una historia formada por hechos reales puede ser muy injusta por aquello que omite.

Los sueños complican todavía más esa relación con lo que damos por seguro. Cuando soñamos, aceptamos de forma natural una situación que nos parecerá absurda al abrir los ojos. También existe la inquietante experiencia del falso despertar: creemos habernos levantado y seguimos dentro del sueño. La convincente sensación de vigilia no siempre alcanza para entender el entorno.

Esa incertidumbre tiene, en mi opinión, un marcado interés literario. Permite acercarse a un personaje que cree comprender lo que le ocurre y, poco a poco, pierde la confianza en su propia interpretación. Este punto de vista también influye en el lector. Un recuerdo que parecía aclarar una conducta puede adquirir otro sentido cuando conocemos lo que sucedió antes, o cuando escuchamos el testimonio de quien vivió aquella situación desde otro lado.

Contar una historia de forma fragmentada exige potenciar esos cambios de perspectiva. El orden modifica nuestra comprensión. Si conocemos primero una humillación, quizá seamos más indulgentes con la crueldad que vino después. Si empezamos por esa crueldad, tendremos que hacer un esfuerzo distinto para entender al que la ejerció. Los hechos pueden ser los mismos, pero nuestra disposición a juzgarlos ya ha cambiado.

Por eso me atraen los personajes que nos obligan a revisar una primera impresión. Comprender sus motivos exige mirar de cerca sus contradicciones y aceptar que algunas decisiones seguirán pareciéndonos injustificables. Cabe sentir compasión por alguien que ha obrado mal. También cabe reconocer una parte de nosotros en una excusa que, puesta en boca de otro, resulta poco o nada convincente.

La convivencia entre recuerdos, sueños y vigilia en Duermevela invita a pensar en esa dificultad para explicarnos. Hay versiones de nuestra vida que nos protegen de asumir responsabilidades; otras nos condenan con una dureza que nunca aplicaríamos a otros. Ambas pueden aferrarse a un episodio y convertirlo en la exégesis de lo demás.

Al amanecer, los hechos serán igual de tozudos. La historia que hemos construido con ellos durante la noche quizá necesite otra lectura. Antes de darla por definitiva, convendría preguntarse qué ha dejado fuera.

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