Hay noches en las que una conversación de hace
diez años palpita con más fuerza que lo ocurrido esa misma tarde. Recordamos una
frase que dijimos sin pensar o una persona a quien dejamos marchar. La
habitación sigue en silencio, pero el pasado ha encontrado su manera de hacerse
oír, saltándose el orden en que sucedieron las cosas.
En esos momentos, resulta tentador creer que nos
hallamos ante un momento de excepcional lucidez. Sin las distracciones del día,
parece que por fin llegamos al fondo de nuestros pensamientos y emociones. Sin
embargo, la versión más dolorosa de la historia también puede ser una
simplificación. Una equivocación concreta acaba ocupando todo el espacio en nuestra mente, mientras largos años de experiencias quedan excluidos de la
reflexión.
El significado de lo vivido toma nuevos carices, y una decisión que entonces llamamos valiente puede parecernos ahora una imprudencia. El silencio con el que evitamos una discusión se convierte, tiempo después, en la prueba de que nos faltó arrojo. Juzgamos a quien fuimos con información de la que no disponíamos. A veces incluso le exigimos que adivine el desenlace.
En mi novela Duermevela, Juan es un periodista de treinta y cinco años
que se siente fracasado, pese a que su trayectoria incluye una presencia
notable en radio y televisión. Sus noches de insomnio se entrelazan con
episodios de su pasado. El lector va conociendo a un personaje que intenta
recomponer su vida, pero cuyos recuerdos y pesadillas dificultan cualquier
explicación tranquilizadora.
Su oficio añade una capa de tensión adicional. Como periodista,
reconoce la importancia de elegir un enfoque y decidir qué hechos merecen
atención. Al contar nuestra propia vida también seleccionamos, aunque sea más
difícil advertirlo. Podemos extendernos en las circunstancias que justifican
una decisión y pasar deprisa por sus consecuencias para otra persona. Incluso
una historia formada por hechos reales puede ser muy injusta por aquello que omite.
Los sueños complican todavía más esa
relación con lo que damos por seguro. Cuando soñamos, aceptamos de forma
natural una situación que nos parecerá absurda al abrir los ojos. También
existe la inquietante experiencia del falso despertar: creemos habernos
levantado y seguimos dentro del sueño. La convincente sensación de vigilia no
siempre alcanza para entender el entorno.
Esa incertidumbre tiene, en mi opinión, un marcado
interés literario. Permite acercarse a un personaje que cree comprender
lo que le ocurre y, poco a poco, pierde la confianza en su propia
interpretación. Este punto de vista también influye en el lector. Un recuerdo
que parecía aclarar una conducta puede adquirir otro sentido cuando conocemos
lo que sucedió antes, o cuando escuchamos el testimonio de quien vivió aquella
situación desde otro lado.
Contar una historia de forma fragmentada
exige potenciar esos cambios de perspectiva. El orden modifica nuestra
comprensión. Si conocemos primero una humillación, quizá seamos más indulgentes
con la crueldad que vino después. Si empezamos por esa crueldad, tendremos que
hacer un esfuerzo distinto para entender al que la ejerció. Los hechos pueden
ser los mismos, pero nuestra disposición a juzgarlos ya ha cambiado.
Por eso me atraen los personajes que nos obligan a
revisar una primera impresión. Comprender sus motivos exige mirar de cerca sus
contradicciones y aceptar que algunas decisiones seguirán pareciéndonos
injustificables. Cabe sentir compasión por alguien que ha obrado mal. También
cabe reconocer una parte de nosotros en una excusa que, puesta en boca de otro,
resulta poco o nada convincente.
La convivencia entre recuerdos, sueños y vigilia
en Duermevela invita a pensar en esa dificultad para explicarnos. Hay versiones de
nuestra vida que nos protegen de asumir responsabilidades; otras nos condenan
con una dureza que nunca aplicaríamos a otros. Ambas pueden aferrarse a un
episodio y convertirlo en la exégesis de lo demás.
Al amanecer, los hechos serán igual de tozudos. La
historia que hemos construido con ellos durante la noche quizá necesite otra
lectura. Antes de darla por definitiva, convendría preguntarse qué ha dejado
fuera.

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