He estudiado decenas de
lenguas (indoeuropeas, afroasiáticas, sinotibetanas, austronesias…), he
aprendido varios alfabetos y he dedicado mi vida a la traducción y a la
lingüística. En vano. Ahora lamento con amargura haber perdido tanto tiempo en
actividades estériles y temo que, a mis cincuenta años, sea demasiado tarde
para desarrollar la empresa más ambiciosa de mi vida: la invención de mi propio
lenguaje.
Llegué a albergar
esperanzas en el taushiro, un idioma practicado al norte de Perú por la etnia
pinchi. Por desgracia, cuando viajé a este perdido rincón del planeta, dilapidando
mis ahorros y mi paciencia en unas vacaciones infernales, descubrí que los
pinchi casi habían desaparecido. No solo eso. La única persona del mundo que
hablaba con fluidez el taushiro se negó, pese a mis reiteradas súplicas, a
enseñarme los secretos de su lengua.
Hoy he abandonado toda
ilusión por hallar un idioma ya creado que permita expresar mis ideas y
pensamientos (si escribo en castellano es por pura resignación). Pero sigo
empeñado en inventar un lenguaje personal que se adapte a mis vicios y
necesidades, a mi torpeza y a mi vanidad. No pretendo por ahora convertirlo en
el nuevo esperanto. Me conformaría con que mis seres queridos – la familia más
próxima y algunos amigos – se animaran a aprenderlo para poderles decir, entre
otras cosas, cuánto les aprecio.
Debo confesar, sin
embargo, que mi iniciativa no está recibiendo el apoyo que esperaba. Mi esposa no
tardó en abandonarme cuando vio que pasaba el día entero y parte de la noche
encerrado en mi estudio, ensayando sonidos guturales y caligrafías
indescifrables. Menos aún tardó mi jefe en despedirme de la agencia de
traducción en que trabajaba. El banco tampoco se demoró en exceso en
desahuciarme y por eso malvivo ahora en una mísera pensión. Si no mejora mi
estado, voy a tener que alimentarme de la infinidad de folios que arrojo al
suelo a medida que descarto los caracteres que aspiraban a convertirse en las
vocales de mi revolucionario alfabeto.
Los problemas resultan
irresolubles porque no consigo librarme de la influencia de los idiomas que he
estudiado, de tal manera que mis vocales se transforman en engendros deformes
con apófige de una letra china, vértice de otra árabe y ojal de una alemana. Lo
que yo pretendo es encontrar la expresión perfecta de cada pensamiento
insinuado, de cada maldad irónica y de cada chispazo que prende un fugaz
sentimiento. Si por un lado temo haber comenzado demasiado tarde, por otro
lamento que quizá no he tenido suficiente tiempo para conocerme con la
intimidad que requeriría una labor tan ingente y compleja.
A veces caigo en los
pozos del desaliento, sobre todo cuando me da por pensar que no bastaría un
único lenguaje. Requeriría de uno propio solo para entenderme a mí, y de otro
para comunicarme con los demás con la eficacia total y la belleza depurada a
que aspiro. Tal vez ni siquiera esto sea suficiente y necesitara crear un
idioma para hablar con mi hermano, otro con mi madre, un tercero con mi ex mujer
(si algún día me devolviera la palabra)… lo que encallaría el proyecto en las
arenas de la utopía más inalcanzable. Si ni siquiera he recibido ayuda de mis
seres queridos para estructurar los elementos fundamentales de mi idioma, ¿cómo
puedo esperar que se tomen la molestia de construir otros que, una vez
superadas las dificultades iniciales, llegaran a convertir nuestra comunicación
en un remanso fluido, en lugar del campo de minas en que con tanta facilidad se
deshacen las lenguas comunes?
No, es evidente que en
solitario no puedo conseguir que el entendimiento entre los seres humanos
prospere. Antes debería realizar apariciones en los medios de comunicación para
concienciar a la ciudadanía de los infinitos beneficios que obtendríamos si
lográramos construir el lenguaje perfecto. Se acabarían ambigüedades y
malentendidos, los políticos no podrían engañarnos con sus artificios
dialécticos y, en último término, la humanidad alcanzaría un estadio glorioso
en que no habría logro artístico o científico que se nos resistiera.
Pero sigue existiendo una
barrera esencial que bloquea todo el progreso: no soy capaz siquiera de
inventar un lenguaje que me represente. Si no muestro a amigos y familiares, a
líderes de opinión y a cualquier internauta un solo exponente de mi idea, un idioma
completo con sus vocales y consonantes, sus sonidos, su gramática y su
diccionario, ¿quién me tomará en serio?
Temo que no pueda persuadirme
ni a mí mismo. Me hallo atrapado en categorías mentales prisioneras de los
imperfectos lenguajes que conozco, a través de cuyas nieblas y lagunas escribo,
pienso y hablo. Creo que es imposible alcanzar el lenguaje perfecto partiendo
de otros manchados por fallas de bulto (y no hay ninguno que se libre, ni
siquiera el prometedor taushiro). Ello me conduce a una terrible conclusión: he
perdido a mi esposa, me he alejado de familia y amigos y me han echado del
trabajo por perseguir una meta imposible que solo ha servido para detenerme en
la nada. ¡Maldigo el día en que descubrí esta ficción lingüística y me rebelé
contra ella!
O quizá me esté
precipitando en el juicio. ¿Cómo saberlo, si a su vez se encuentra limitado por
la intrínseca falsedad de cualquier proposición fundamentada en un lenguaje
impreciso?
Quizá así empezó El Partido y su neolengua, sólo que de un modo más romántico. Qué crack, tío, eres la leche.
ResponderEliminarBuena comparación, Dani. Creo que todos los escritores tenemos una relación de amor-odio con el lenguaje.
ResponderEliminar¡Un abrazo!
Tal vez si solo intentas hacer una guia para construir el lenguaje perfecto, otros lo hagan.
ResponderEliminarEs una idea interesante, Jose... el lenguaje es una obra colectiva y probablemente el error del personaje de este relato fue tratar de armar un idioma él solo.
ResponderEliminarUn saludo y gracias por comentar