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martes, 20 de enero de 2026

La IA y la creatividad literaria, ¿aliados o enemigos?

En este artículo, analizo el papel que puede desempeñar la IA en la creación literaria. Es un tema en el que tengo experiencia real, ya que decidí utilizar varios programas de IA generativa, como ChatGPT o Copilot, para ayudarme a escribir mi último libro de cuentos, Relatos con inteligencia (artificial)

En mi caso, no utilicé la IA para proponer ideas, ya que tenía muchas que nunca había incluido en mis anteriores trabajos (el libro mencionado lo componen 23 relatos). Sí que la empleé para generar borradores que luego reescribí en profundidad. Creo que me ha resultado provechoso. Uno de los aspectos más complicados de la escritura es revisar tus textos, ya que cuesta dilucidar el comedimiento o el exceso. Al disponer de borradores creados por IA, me fue más sencillo “desmontar” esos textos y mejorarlos. Por supuesto, esto no elimina la necesidad de revisarlos a posteriori, pero considero que contribuyó de forma positiva al proceso creativo. 

No obstante, este es solo uno de los usos posibles de la IA generativa. También puede servir para romper bloqueos creativos, explorar variaciones de estilo y tono, ayudar en procesos de documentación o revisar cuestiones gramaticales. Su utilidad es reseñable, máxime si hablamos de un libro autoeditado, donde el autor no cuenta con un equipo editorial a sus espaldas.    

¿Cuál es el mayor peligro? En mi opinión, delegar en la IA la parte más creativa. Recuerdo que ChatGPT se empeñaba en dar un final feliz a casi todos los relatos, y también en contar una especie de moraleja, algo muy alejado de mis intenciones como escritor. Estos programas tienden a homogeneizar estilos y carecen de verdadera originalidad. 

Si queremos escribir (y leer) textos auténticos, el autor debe ser siempre quien decida su forma final. Por potente que sea un modelo de IA, no piensa por sí mismo, no tiene emociones ni vive experiencias. Por tanto, no puede aportar la visión personal o el riesgo artístico que definen a la buena literatura

En conclusión, la IA no sustituye el talento humano. Sin embargo, bien utilizada puede ser un asistente útil en la creación literaria.


sábado, 25 de abril de 2020

Sobre el coronavirus y la suspensión de nuestras libertades


A raíz de la crisis del coronavirus, se ha creado una falsa dicotomía entre salud y economía, a veces sugiriendo que la derecha pone por encima la economía y que la izquierda se preocupa más de la salud de los ciudadanos. Esto tal vez sea así en el caso de algunos políticos del Partido Republicano en Estados Unidos, pero no creo que sea el quid de la cuestión. Presupongo que ninguna ideología defiende la muerte ni la pobreza como seña de identidad, aunque ciertamente hay políticas que nos acercan más al abismo que otras. Sin embargo, hay un tercer factor al que hemos renunciado de forma acrítica: la libertad, que a mí me parece más relevante que la caída del Producto Interior Bruto y tan importante como la propia vida (pues esta, sin libertad, se convierte en mero simulacro y pierde gran parte de su valor). 

Hay que salvar el mayor número de vidas, comprometiendo lo menos posible la economía. En eso coincidimos todos. Pero nadie habla de recuperar nuestras libertades, enormemente menoscabadas a día de hoy, como si esta cuestión esencial no tuviera trascendencia. Al menos a mí me llama la atención que hayamos renunciado a casi todo, hasta no se sabe cuándo y sin siquiera planteárnoslo. Incluso hay quien defiende alargar este confinamiento estricto durante varios meses más (algo que no va a suceder ni siquiera en España, donde están siendo más timoratos que en cualquier otro país de nuestro entorno a la hora de planificar la desescalada).

Es evidente que no vamos a seguir encerrados por culpa de este virus hasta que aparezca una vacuna testada eficazmente (al parecer puede tardar más de un año, si es que llega). Tampoco creo razonable mantener la cuarentena hasta que no tengamos ni un solo caso. Más pronto que tarde, habrá que aprender a coexistir con el coronavirus, igual que lo hacemos con otras muchas causas de mortalidad, incluso a diario.

La seguridad absoluta no existe. Es inútil aspirar a ella, y tampoco vale la pena que sacrifiquemos la libertad en aras de una seguridad total que, de todos modos, nunca alcanzaremos. Como ciudadanos, es nuestra obligación mantenernos vigilantes en vez de aceptar sin más todo lo que se nos impone en aras del “bien común”.

¿Tan alto es el grado de anestesia en el que nos hallamos? ¿Tan poco necesitamos el aire libre y el contacto humano, mientras tengamos suficiente evasión en los domicilios donde nos han encerrado a la fuerza?

Dicen que el mundo no volverá a ser como antes. No es que tuviera idealizada la situación antes de la pandemia. En muchos aspectos, el mundo era un desastre antes y lo seguirá siendo después, con el agravante de los fallecidos y del empeoramiento en las condiciones de vida que sufrirá parte de la sociedad. Pero un futuro donde las personas vivan aisladas, con más miedo y menos libertades, sin atreverse a mostrar su afecto, a trabar nuevas relaciones o a vivir en plenitud por temor al contagio, me resulta infinitamente más aterrador que el coronavirus.  

lunes, 2 de mayo de 2016

El esclavo de Google

Trabajo ocho, nueve horas diarias al servicio de Google. No en Google, sino por y para Google. Para que el buscador se digne a colocar en la primera página de resultados a las empresas que me pagan por ello. No es tarea sencilla. Google tiene más pretendientes que Miss Venezuela. Todos lo (¿la?) desean. Él (¿Ella?) sabe que su poder es absoluto. Exige constantes sacrificios que va modificando a su libre albedrío. Las pruebas de amor que un día lo conquistaron ya no sirven ni para merecer su compasión.   

Al tirano le sobran argumentos. Necesita mejorar sus algoritmos, lograr que piensen como un ser humano. Y para ello no duda en destrozar el trabajo de miles de personas que, como yo, hemos asumido la condición de humildes siervos del gigante tecnológico. Sus vaivenes emocionales nos provocan sacudidas del estrés, horas extras no remuneradas ni numeradas, falta de sueño y, en casos graves, ataques cardíacos. 

Yo me esfuerzo en rendir a mi amo el tributo que requiere. Escribo afanosamente en busca de su complacencia, aplaco sus furores para que no arruine a mis clientes mandándoles al abismo de la página cincuenta. No me importa desnaturalizar el lenguaje ni desprenderme de cualquier concepto estético del idioma. Repito una y otra vez los términos que necesito que posicione, como repiten una y otra vez sus plegarias los creyentes que suplican el favor de sus dioses. Y espero. Porque la respuesta nunca es inmediata. A Google no se le conquista con un rápido guiño. Exige sumisión cada día del año, y fustiga al que no entiende a la primera sus crípticas profecías. Sobre todo, no tolera que intenten engañarlo. 

Lo que escribo ya está escrito. Lo han redactado otros antes que yo, pero no puedo limitarme a copiarlo. Debo utilizar sinónimos, cambiar el orden de las frases, alterar levemente el significado. Porque si hay algo que Google no soporta es que sus esclavos nos plagiemos unos a otros. 

Nada se le escapa al Dios Buscador. Siembra en sus dominios el reino del terror; su castigo es severo y arbitrario.  Cuenta con millones de espías, conocidos como “arañas”, que nadie ha visto nunca pero que siempre lo ven todo. Atrapan en su telar cualquier desviación de las reglas y la penalizan sin demora. Porque, si para conquistar el frío corazón de Google se requieren meses o años de dedicación, para encender su cólera basta un error minúsculo, una pequeña treta argüida por un estafador de poca monta.    

Como reflejo más o menos fiel de la sociedad, en Internet importan más las apariencias que lo verdadero. La Red se llena de artículos repetidos, pero aparentemente originales. Google ostenta todos los poderes. Define lo que debe y no debe mostrarse, las respuestas correctas a los eternos conflictos humanos: “¿Qué es el amor?” “¿De qué color es el vestido?” Los dilemas que han atormentado durante milenios a insignes filósofos, los resuelve el buscador en décimas de segundo. 

Y funciona. Porque yo soy el escribiente de Google, que vive en vilo de sus caprichos. Pero el resto del mundo, que no conoce mi trabajo ni el de mis silenciosos compañeros, está feliz con los resultados, satisfecho de que una web solucione su problema o alivie su desafección.

Me pregunto si esclavos somos todos.

viernes, 22 de enero de 2016

La democracia representativa es una farsa: ¡viva la democracia directa!

Hoy quiero escribir sobre política. Pero no sobre la incierta situación actual en el panorama español, sino desde un punto de vista más abstracto y teórico. En mi opinión, la política debe transformarse de forma radical en el siglo XXI, abandonando el actual sistema representativo en el que los partidos, y especialmente el gobierno de turno, ostentan la práctica totalidad del poder. El futuro al que debemos aspirar pasa por desarrollar formas de democracia directa que permitan a los ciudadanos escoger su futuro con libertad.

Admito que cierto nivel de representación resulta ineludible, ya que son muchas las decisiones que se han de tomar para la gestión de un país (o un conjunto de países). El ciudadano de a pie no puede estar informado de todo ni dedicar varias horas diarias a la toma de decisiones que, con frecuencia, han de aplicarse con rapidez para que devengan efectivas. Sin embargo, sí creo que las leyes más trascendentales, aquellas que tienen una influencia duradera en la vida de las personas (por ejemplo, legislación sobre modelos educativos) deben someterse a sufragio, tras un acordado periodo de reflexión y debate público. Los partidos, en colaboración con actores de la sociedad civil, deberían realizar diversas propuestas, argumentarlas y defenderlas, pero finalmente serían los ciudadanos con su voto (presencial o electrónico) quienes escogerían las que  han de llevarse a cabo. 

El sistema representativo no es verdaderamente democrático, si entendemos la democracia como el gobierno del pueblo. Lo único que hace el pueblo es escoger a unos individuos u organizaciones sobre los que después no tiene ninguna capacidad de control, que además incumplen de forma sistemática sus propios programas electorales. Es un sistema que no funciona y que, en último término, solo sirve para que las élites mantengan sus privilegios y tomen decisiones que perjudican a la mayor parte de la población. 

La manera de evitarlo es que sea la población en su conjunto la que tome las decisiones más importantes. Si se equivoca, al menos será dueña de su propio destino, en vez de dejarlo en manos de quienes no comulgan con el interés general. También es de esperar que, cuando los ciudadanos tomen conciencia de la relevancia de su opinión, hagan un esfuerzo por informarse sobre aquellos asuntos que ignoran y que afectan a su existencia.

Por ese motivo hay que pensar en cambiar el sistema representativo a largo plazo, pero tomando ya los primeros pasos en esa dirección. Existen las herramientas tecnológicas para proceder a ello. Lo que falta, por supuesto, es voluntad política, pues los gobernantes y las élites económicas desean mantener sus privilegios. Pero no se trata de ninguna idea disparatada. En Suiza, sin ir más lejos, se han celebrado más de 600 referéndums a nivel estatal desde 1848, imponiéndose la voluntad popular a la voluntad del gobierno en numerosas ocasiones (como debe suceder en un sistema democrático). Todo ello a pesar de que, cuando se empezaron a realizar dichos referéndums, no existían las fuentes de información que tenemos hoy para adquirir criterio propio sobre cualquier asunto, ni los medios técnicos que simplifican su ejecución. He aquí algunas muestras de lo que suelen votar. 

En las últimas elecciones generales he mostrado mi apoyo a Podemos, un partido en el que se han instaurado elementos de democracia directa y en el que los afiliados tienen cierta capacidad de decisión (por ejemplo, determinar el programa electoral con sus propuestas y votos, siendo los más apoyados los que pasan a formar parte del programa, o estableciendo mecanismos de control ciudadano al gobierno). Huelga decir que Podemos está lejos de conceder a la democracia directa la primacía necesaria, pero ha dado pasos en la buena dirección. También existen otras iniciativas, por desgracia poco conocidas por la opinión pública, como Partido X o Partido Pirata que espero vayan calando, al menos entre las generaciones más jóvenes, hasta obtener altos grados de influencia.

En resumen, ¿qué pensáis de la democracia directa? ¿Hay posibilidades de que se implante en las próximas décadas en España? ¿O tendré que nacionalizarme suizo si quiero tener capacidad de decisión sobre el destino de la sociedad en que vivo?      

jueves, 7 de mayo de 2015

Odio los selfies



El peor invento de la humanidad no es la bomba atómica ni la dinamita ni los sudokus. Son los selfies. Ya no me caben dudas. Nada nos ha perjudicado tanto como esta horrible moda que se extiende en todos los confines del mundo ¿civilizado? No me considero partidario de la pena de muerte, con una excepción: al tipejo que los pusiera en boga habría que fusilarlo sin juicio.
Hay algunos que tratan de encontrarle explicación al fenómeno. No la hay, salvo que somos estúpidos y siempre lo seremos sin importar cuán “inteligentes” se vuelvan los aparatos que fabricamos. Vivimos en una sociedad individualista en que la responsabilidad del fracaso la asume por completo la persona que lo sufre (que igual solo ha tenido la mala suerte de vivir en un contexto donde las posibilidades de fracasar son inmensas). Con escasas excepciones, incluso el altruista espera que la ley del karma o la gracia divina termine por compensar sus sacrificios y buenas acciones. Primero vemos lo que nos dice el corazón, luego escuchamos a la cabeza, a continuación consultamos nuestro estómago o nuestro pie derecho. Después de conocer la opinión de la uña del meñique, acaso nos preguntamos qué consecuencias tendrán para los demás nuestras egoístas decisiones. 
Pero viajamos mucho, eso sí, casi siempre sin saber por qué ni adónde vamos realmente. También pasamos largas horas en las redes sociales, por lo general dedicados a tonterías como subir selfies u observar los de otros y hasta decir que nos gustan (esto debería acarrear pena de cárcel). En general, nos gusta hacer el ganso y presumir de ello. Entre unas cosas y otras, millones de fotos que nunca deberían haberse tomado (y menos aún publicado) bailotean en más perfiles de los que podamos imaginar. Hemos llegado a un punto en que ya no hay ni que moverse de la cama para hacerse una autofoto y compartirla de inmediato en todas partes.  
¿Alguien se ha parado a analizar las consecuencias? Antes, cuando ibas a un bar o discoteca, podías acercarte a las chicas guapas y pedirles que sacaran una foto del grupo para, a continuación y como quien no quiere la cosa, mezclarse con ellas y animar una interacción que podía acabar de infinitas maneras. Antes, los turistas se veían obligados a solicitar que les hicieran una foto juntos, lo que implicaba que al menos intercambiaban dos palabras con la población autóctona (sé de una pareja que se conoció así y están casados y con tres hijos y parece que se aman, a juzgar por los selfies que comparten en Facebook).
Nada de esto resulta ya factible. El otro día intenté pedir a dos suecas que me fotografiaran en un sitio turístico y me dijeron que me hiciera un puto selfie. ¿Vale la pena vivir en un mundo así? Creo que aún podría acostumbrarme, pero la existencia se vuelve demasiado cuesta arriba con la llegada de los palos. Al principio eran un tanto exóticos, pero ahora todos los selfiemaníacos los tienen, contribuyendo a extender la moda a unos niveles imposibles de contener. La plaga ha llegado hasta la Casa Blanca.
Cualquier momento es bueno para sacar el móvil o la tablet y autofotografiarse, incluso poniendo en riesgo la propia vida. Con el tiempo, estoy convencido de que este despropósito supondrá la primera causa de mortandad en el mundo. Ni siquiera los monos, con su ancestral sabiduría, pueden contenerse. El día que empiecen los gatos creo que Internet colapsará como en mi novela.
Selfie de un macaco. Se discuten los derechos de autor
¿Cuál es tu relación con los selfies? Espera, no te pongas a escribir todavía. Antes, una advertencia: nunca censuro comentarios, pero si alguien defiende este horripilante vicio me veré obligado a coartar su derecho a la libertad de expresión. Porque hay líneas que no deben ser traspasadas. Puedes integrarte en un grupo neonazi, consumir drogas duras o engancharte a telenovelas mexicanas. No desesperes, tiene arreglo. Pero desde el instante en que no concibes la vida sin autofotos, tu cerebro inicia un camino imparable hacia la autodestrucción. 

miércoles, 22 de abril de 2015

La lección de un viejo

 
Aparqué el coche en las cercanías del llamado Pueblo Español de Barcelona, museo al aire libre construido a propósito de la Exposición Internacional de 1929. Es una zona algo apartada, pero caminando quince minutos puedes llegar a Plaza España, adonde me dirigía aquella tarde. El cielo despejado parecía celebrar la venida de una nueva primavera. Yo estaba, sin embargo, de un humor regular, pensando en mis cosas o en la sombra de mis cosas, cuando ante mis ojos veo a un hombre con bastón que rondaría los 80 años, andando entre las hierbas al otro lado de una barandilla blanca de un metro de altura. ¿Cómo habría llegado hasta ahí? No tuve tiempo de averiguarlo, porque vi cómo se precipitaba por el terraplén situado a mi izquierda con tanta decisión que me hizo dudar si lo habría hecho adrede. No dio la impresión de resbalarse, sino de tirarse por un tobogán con la inocencia de un niño.  
Caminaba por aquí cuando ocurrió algo inesperado

De inmediato salté la barandilla y comprobé que había caído a una altura de ocho metros. Su cuerpo yacía entre matorrales y su cara parecía una isla de sangre en mitad de la bella visión de Barcelona que se vislumbraba a su espalda. Isla móvil, en cualquier caso, pues con ayuda del bastón, agarrándose a rocas y hierbas, empezó su ascenso por la escarpada pendiente.
¿Está usted bien?, le pregunté a gritos. No reaccionó, como si mi voz se desintegrara en el aire antes de alcanzar sus oídos.  Le dije que esperara, que iba a llamar a una ambulancia para que lo sacaran de ahí. No hizo ningún caso y prosiguió su intrépida escalada. Llamé al 112 y traté de explicar dónde me encontraba y lo que había presenciado. Me respondieron que acudían de inmediato y que le dijera al abuelo que se quedara quieto. Volví a repetírselo pero era lo mismo que hablar a las piedras.
 
Temía que se resbalara y que, cuando llegasen los servicios médicos, solo encontraran un cadáver. Lo subestimé claramente. Lento pero seguro, el anciano subía con la seguridad de un alpinista. Primero extendía el bastón sujeto con su mano derecha, lo fijaba a una roca o rama sólida, se impulsaba con él y proseguía la escalada. La sangre caía por su rostro arrugado y manchaba su jersey azul; pero no parecía nervioso, ni siquiera apurado por la situación, como si supiera que había superado escollos mucho más difíciles.
Ya solo lo separaban dos metros de mi posición. De nada sirvió vociferar que el ambulancia llegaría de un momento a otro (lo cual resultaba incierto, pues no conseguía explicarles mi posición ni a los servicios sanitarios ni a los Mossos d'Escuadra que también acudían a la convocatoria). O bien sufría sordera o estaba demasiado concentrado en lo suyo para prestarme oídos. Puesto que no podía hacer nada más que aguardar a los profesionales y rezar para que no se precipitara al vacío, me decidí con cierta aprensión a fotografiarle con el móvil. Si subo la imagen es solo porque no se le reconoce y para que veáis que no lo he soñado (mi credibilidad debe de andar por los suelos tras inventarme varias "noticias" que algunos incautos tomaron por verdaderas).
El viejo se encorajinó al ver próxima la cima de su particular ochomil. Los metros finales los escaló a mayor velocidad. En el último instante me acercó su bastón y me dijo “empuja, empuja”. Lo hice convencido de que mi ayuda era del todo innecesaria, pero también emocionado por el ejemplo de supervivencia que acababa de recibir (la tentativa de suicidio quedaba, creo, felizmente descartada).
 
Ya de pie junto a mí, ignoró mis preguntas acerca de su estado y solo se preocupó por recuperar cuanto antes su bastón. Se apoyó en él con ambas manos y lanzó un suspiro hacia el suelo. De pronto parecía muy triste, como si dudara si el esfuerzo había merecido la pena. Permaneció a mi lado sin mirarme, un tanto confuso. Las heridas quizá no revistieran gravedad, aunque sin duda había perdido mucha sangre y su vida había pendido de un hilo. Como para disculparse me dijo señalándose las orejas que no oía bien. La conmoción solo se manifestaba en sus ojos, extraviados en la nada, y en la sangre que encapuchaba su rostro.
 
No volvió a abrir la boca, quedándose inmóvil como un árbol. Oí una sirena, salí a la carretera y vi una ambulancia subiendo a toda prisa hacia el Pueblo Español. Les hice señas, se detuvieron con un frenazo y les indiqué la posición del abuelo. Los sanitarios no tuvieron más suerte que yo arrancándole palabras. Lo colocaron en una silla de ruedas,  entre cuatro lo levantaron por encima de la barandilla y lo introdujeron en la ambulancia. El hombre no colaboró ni opuso resistencia. Acaso mostraba con su actitud displicente cuán superflua le parecía tanta parafernalia cuando por sí mismo se las había apañado para salir del atolladero.
 
Antes de irse me preguntaron de manera rutinaria por lo sucedido. Les describí cómo se había caído sin más delante de mis ojos, aunque mi sensación (esto no lo dije) fue más bien que se dirigía a un punto indeterminado del aire sin ponderar los efectos de la ley de la gravedad. Los sanitarios se encogieron de hombros y me aseguraron que ya se encargaban. El anciano desapareció en la parte trasera del vehículo como si no hubiera existido nunca.

martes, 14 de abril de 2015

La muerte del padre y el diario de mi mente


 

Acabo de terminar mi lectura de "La muerte del padre", primera de las seis partes que componen la novela autobiográfica (si tal concepto tiene sentido) del escritor noruego Karl Ove Knausgård. Confieso que me ha aburrido en algunas fases en que el autor se recrea innecesariamente y de forma repetitiva en detalles de escaso interés. Sin embargo, otros fragmentos poseen notable altura literaria e intelectual. Todavía no he decidido si leeré la segunda parte,  "Un hombre enamorado", ni la tercera, cuya traducción llegará pronto a nuestro país. Creo que necesito un descanso de su prosa meticulosa. De todos modos, la novela me ha servido para reflexionar sobre el fenómeno de la autoficción, tendencia seguida en diferentes grados de intensidad por autores tan brillantes como Coetzee, Sebald o Vila-Matas.    

Los escritores recurren cada vez más a su experiencia como materia prima de sus artefactos literarios. Narrar tu vida es una buena manera de poner en orden tus recuerdos; incluso te ayudar a entender qué importa de lo que has vivido. Pero quizá habría que escribir un libro para ti mismo y otro para los lectores. Tal vez lo que consideras más esencial no deseas compartirlo. La osadía y, para algunos, la falta de ética del proyecto de Knausgård consiste en retratar a sus seres queridos sin ningún tipo de idealismo (incluso con dosis considerables de crudeza). Es válido explotar tu propia persona para sacarle jugo a tus libros, ¿pero también sirve hacerlo con otros que a lo mejor no desean aparecer en sus páginas?
 
El documento más largo de mi ordenador se llama “Diario de mi mente”. Ronda las 250.000 palabras. Mi novela "Desconexión" apenas supera las 50.000. De mi diario mental solo comparto fragmentos escogidos. A veces escribo textos “en bruto” que destilo más tarde en relatos, poemas o artículos de opinión (como este mismo, por ejemplo). Otras veces reutilizo el material, lo adapto al contexto y lo pongo en boca de un personaje. A pesar de que en el diario no describo los sucesos de mi vida (si acaso los de mi mente, o una parte), no me haría la menor gracia que se hiciera público. Está lleno de contradicciones, tonterías y bravuconadas. No borro ni corrijo nada ni sigo ningún hilo, más allá de la ocurrencia del instante. Lo empecé, creo, con 19 años bautizándolo “Cogitaciones” en uno de mis arrebatos de cultismo. Ya a los 26 apenas me reconozco en sus primeras páginas (escupidas, al parecer, durante una clase de mi primer curso universitario). Pero no entendería mi pulsión por la escritura sin la existencia de este caótico galimatías.   
 
La publicación de un texto cambia su naturaleza. Si pienso que nadie va a leer lo que escribo puedo mostrarme más sincero, más íntimo. No necesito impresionar a nadie. Ni siquiera necesito escribir bien (lo cual no necesariamente perjudica la calidad de lo escrito). Cuando empecé "Desconexión" decidí que tenía que aprovechar el inmenso volcán de palabras de mi diario mental. Atribuí al protagonista algunas de mis reflexiones (las que, según mi criterio, mejor se adecuaban a su personalidad), introduje ciertos temas sobre los que había meditado y, en suma, consideré buena idea hacer un uso más directo de mis experiencias en la novela, aunque esta no tuviera nada de autobiográfico. No me arrepiento de ello, pero a la vez soy consciente de que un escritor debe tener la capacidad de contar de manera verosímil lo que no ha vivido. De lo contrario, su escritura quedará constreñida a su propia experiencia, que nunca será tan interesante para los lectores como para sí mismo.
 
Me gustaría saber qué pensáis de este intrincado asunto de la autoficción. Como lectores, ¿os gustan las historias con un componente autobiográfico? Como escritores, ¿os nutrís de los sucesos cotidianos para armar vuestros relatos o, por el contrario, los concebís de manera independiente? 

miércoles, 1 de abril de 2015

Muerte bajo la lluvia

Aparcar en Barcelona es tarea ardua. Cuando lo consigues entras poco menos que en un estado de euforia. Más aún si la ubicación es adecuada y ya llegabas con retraso a la actividad que te había impelido a coger el coche. Al atrapar una plaza sientes que todo lo demás va a funcionar solo. Craso horror. Olvidas las precauciones que cualquier persona no barcelonesa (y que además carece de habilidades de orientación) debe tomar incluso para los más breves trayectos. Quien no tiene cabeza tiene móvil. ¡Apunta la dirección, maldita sea! 
No solo el afortunado aparcamiento no supuso ninguna señal auspiciosa que se confirmara después. Al terminar la inspección de un piso apenas amueblado cuya habitación alquilaban a precio de oro, un tremendo aguacero empapó las calles en menos de lo que tarda un catalán en exhibir su bandera. La atmósfera se volvió tan plomiza y grisácea que me costó reconocer dónde me hallaba. Y, lo que es peor, no tenía apuntada la dirección donde había estacionado mi vehículo.
 
Comenzó entonces una epopeya que nunca olvidaré mientras me libre del mal de Alzheimer. En apenas un par de minutos me encontraba calado por completo. Mi chaqueta (no impermeable, por supuesto) chorreaba desde el cuello hasta las mangas provocándome temblores de intensidad creciente. No pierdas la calma. ¡Joder, habías aparcado muy cerca!
Traté de recuperar la sensación de sosiego que me había invadido cuando dejé el coche perfectamente alineado con el resto de la fila, pero por desgracia se había desvanecido junto al tímido sol que se levantara en lo que ya parecía un día, un mes, un año diferente y remoto. Subí una calle, otra, la siguiente, la anterior. Volví al punto de partida y escruté el suelo como si esperara que mis pasos hubiesen dejado huella en alguna parte. La gente se refugiaba en bares, comercios y portales, pero yo me negaba porque ello suponía aceptar mi derrota absoluta. Prefería dejar mi ropa y mi salud a merced de la lluvia, que burlonamente redoblada sus esfuerzos.  
 
La locura no tardó en someterme. Andaba a gran velocidad con ojos desquiciados, imaginando un Renault Twingo en cada esquina. Todo el que se topó conmigo aquella tarde debió de verme como un perturbado recién salido del manicomio sin prescripción psiquiátrica. Y el coche no aparecía. Las luces de los establecimientos, aliadas con la impenitente lluvia en el afán de trastornarme, nublaban mi vista cual media docena de copas que de pronto te empañan los ojos y la mente. Iba lanzando gritos de desesperación y rabia que rebotaban contra el aire y volvían a mí envueltos en la indiferencia más absoluta. ¿Dónde estás, coche de mierda? ¡La puta madre que te parió, lluvia asquerosa! Ya no eran palabras sino vísceras lo que salía de mi boca.    
 
Uno puede preguntar por la entrada de un parking, por un bonito restaurante, por un renombrado edificio, por una calle concreta o hasta por un prostíbulo, pero no por un Renault azul aparcado en los alrededores. Nadie se fija en esas cosas. Además, ¿a quién coño le iba a preguntar si todos se habían escondido? La lluvia les amilanaba como si creyeran que podía fulminarles. Llegó un punto en que el agua me resbalaba, no la oía ni la sentía cayendo sobre mi cabeza, pues había penetrado en cada uno de mis órganos. Amenazaba farolas, increpaba portales, invocaba la presencia de mi vehículo con furia y resentimiento, pero también con tristeza y ternura.          
 
Lo hallé cuando ya no lo buscaba. Mis lágrimas eran el eco de la lluvia y casi no tenía fuerzas para seguir pataleando en mitad de los charcos que cubrían la calzada. Mi mente proyectaba fotografías imposibles: olas congeladas por el rayo, un salvavidas que flota con ironía representando el último resto de un naufragio, el estornudo de Neptuno que provoca los maremotos, yo ahogándome en una cisterna, una ballena aplastándome bajo su peso… Se me confundían las piernas con las espinas, las manos con las aletas y los ojos con las branquias, quizá porque creía estar nadando y al mismo tiempo huía del agua que no cesa, que no cesará hasta inundar el mundo.
 
No sé si lo encontré, él me encontró a mí o la lluvia me lo trajo. Pero no fue alegría ni alivio lo que sentí al ocupar, todavía confuso y asombrado, su asiento extrañamente seco. Más bien, acaso, la sensación de miedo e inseguridad propia del momento sagrado y olvidado del nacimiento, cuando te arrancaron con brutalidad la convicción de que el útero materno constituye el cosmos.
 
¿Sabría conducir después de aquello? ¿Estarían vivos mis pies bajo el paraguas de las botas? ¿Cómo se pone la primera?  

martes, 3 de febrero de 2015

Sobre los grafiteros y sus obras (o lo que sean)

 
Muchos escritores se obsesionan (o al menos galantean) con la idea de “dejar huella” en sus lectores y también en sus ciudades o países de origen. Algunos como el infausto Kafka lo han conseguido sin pretenderlo. Pero si su única ambición es ser recordados, tal vez deberían abandonar la literatura, acudir a una tienda especializada y hacerse con unos cuantos espráis de colores.
Siempre me ha llamado la atención el arte urbano y en especial el grafiti (forma de expresión, filosofía de vida, arte o manchas intolerables en el espacio público, según a quién le preguntes). Soy de esos que se paran a mirarlos en las paredes, trenes o persianas de los comercios, como si fueran cuadros expuestos en galerías (¿por qué habrían de merecer menos respeto?).
Algo está claro: los grafiteros (también llamados “escritores”) poseen un optimismo férreo. No importa cuánto pretendas alejarte del mundo: siempre te toparás con una pintada aun en el lugar más inverosímil, donde podría pensarse que nadie va a verla. A veces el mensaje es críptico, otras ofrece pocas dudas acerca de su interpretación. En ocasiones el grafitero ha dedicado muchas horas a pulir su estilo y se considera un artista o un revolucionario; en otras se trata de un hobby más o menos excéntrico.
 

Vandalismo o arte, ¿qué más da? Desde que Duchamp se atreviera a meter un urinario en un museo, las fronteras se han ampliado hasta desdibujarse. Como dijo uno de ellos, “el grafiti es el lado más artístico del vandalismo o el lado más vandálico del arte”. http://www.valladolidwebmusical.org/graffiti/historia/08filosofia.HTML
 
La ambigüedad de las definiciones no amortigua el impulso que les obliga a salir de sus casas aerosol en mano mientras todos duermen, siempre con un ojo puesto en la superficie alterada y otro en los alrededores, por si un policía les intercepta. El grafiti está prohibido y, aunque algunos de sus practicantes lamentan esta situación e intentan revertirla, otros lo consideran parte de su encanto. Si no la sienten per se, la rebeldía se les impone.
 
Pintar les ayuda afrontar sus miedos, expresar lo que llevan dentro, romper la monotonía y provocar un impacto en la ciudad. Con frecuencia desarrollan una firma que les identifica en el gremio o les sirve para reafirmarse. Ves letras que se repiten en calles aledañas con diferentes trazos y colores, como la sombra vacilante de un estilo aún por definir, y te preguntas por la persona que las ha grabado. Quizá nunca sepamos quiénes son, pero han dejado su marca (no indeleble sino efímera, ciertamente, pues las bayetas municipales los borran sin piedad, y también hay grafiteros que se dedican a pintar encima de sus colegas, en feroz competencia por marcar sus territorios).
Verso anónimo en el indescifrable espacio urbano. Figura monstruosa con corazón de ángel. No concibo la metrópolis sin ti; barrio sin grafiti no tiene alma, como historia sin guerras o literatura sin poesía. Bendita seas, feroz anomalía. Que ninguna ley detenga tu audaz movimiento. Porque los barrios pertenecen a quienes viven en ellos y no a quienes legislan sobre ellos.
Me permito, sin embargo, unas recomendaciones a estos idealistas de la noche: explicad el sentido de vuestros actos, estableced la diferencia entre un verdadero grafiti y unas pintadas sin criterio, construid vuestro propio relato para combatir a los que os juzgan meros camorristas. Y, sobre todo, no dejéis que el poder os domestique legitimando lo que hacéis, organizando concursos y habilitando espacios que cercenen vuestros sueños ilimitados. Tampoco permitáis que la ambición os ciegue hasta el punto de no atender las justas objeciones que se os presenten. Pero sobre todo no paréis de crear ni de creer, pues no somos pocos los que celebramos en silencio la energía que os alienta y la personalidad que conferís a los espacios que habitamos. 

 

 

 
 

miércoles, 7 de enero de 2015

Mudanza interruptus

Deseo que hayáis comenzado el 2015 de la mejor manera. Tengo muchas ilusiones puestas en el año recién nacido. Confío en compartirlas con vosotros y en que sigamos coincidiendo en esta posada digital abierta las 24 horas del día. Entrad sin llamar, por favor. En mi primera entrada de 2015, me invento una situación embarazosa que estuvo cerca de suceder cuando llegué a Barcelona el pasado mes de octubre. Aunque los hechos son ficticios, las imágenes que ilustran el artículo se corresponden con mi actual residencia y mi coche. Espero que os guste y si os apetece dejadme un comentario :) 

 

Me traslado a una ciudad nueva con la esperanza de progresar en la vida. Dejo el coche en cualquier sitio y extraigo parte de mis bártulos. El peso de las maletas no baja un ápice mi entusiasmo. La sombra de un parque se extiende en el horizonte, relucen las farolas del barrio, atractivas mujeres montadas en bicicleta pasan junto a mí como promesas de felicidad.

No sé gran cosa de la urbe que me acoge en su vientre (y lo que sé probablemente está errado, como una entrada de la Wikipedia modificada por un troll). Pero la ignorancia estimula mis sentidos: el aire de la incertidumbre posee un dulzor imaginario. Detengo mis pasos vacilantes para revisar una vez más la dirección en el móvil. Solo he de cruzar la calle y me hallaré frente al edificio. Arrastro con brío las maletas que no albergan ropa y enseres, sino toneladas de expectativas.

Estoy a punto de lanzar un grito para que el mundo sepa que he llegado. Me contengo (ya daré luego la tabarra en las redes sociales) y abro el portal. Voy a compartir piso con tres desconocidos de diversas nacionalidades. Ya acaricio el goce de una sana conversación sobre las infinitas maneras en que las civilizaciones se han desarrollado. En mi imaginación salta el corcho de una botella de champán. ¡Lo logré! Por fin escapo de la cárcel construida por mis inseguridades y miedos, aniquilados de un plumazo por mi vibrante determinación. A partir de ahora, los buenos augurios se convertirán en palpables realidades.

Los crujidos del ascensor y su lento ascenso prolongan mi tensión. Las llaves tiemblan en mis manos. Su brillo metálico refleja el aleteo de mis pulsaciones. Pensando que es la luz, llamo a la puerta. Pensando que van a abrirme, espero. Tanteo la cerradura que se resiste, resignado. Por fin cede a mis pretensiones. Avanzo por un oscuro pasillo atestado de objetos indescifrables con los que procuro no tropezar. ¿Dónde está la luz? De lo que entonces aún no sabía que era la cocina brota un hilo dorado que sigo con fervorosa desesperación. Al parecer la casa está desierta.

Penetro en mi habitación, escogida tras meses de ardua búsqueda y decenas de rechazos. Una capa de polvo impregna el ambiente y provoca estornudos. La cama se halla levantada en vertical, exactamente como dijo la dueña que no estaría a mi regreso; los armarios entreabiertos, que de pronto revelan toda su vejez, no encajan en los huecos que les corresponden. El vacío se apodera de mí en cuestión de segundos. ¡Qué diferente parecía cuando la descubrí bajo la doble distorsión de la luz solar y la sonrisa de la arrendataria!

Entonces recuerdo que las maletas que he dejado a los pies de la cama no constituyen ni la mitad de mi equipaje. Será mejor que lo traiga todo antes de decidir dónde dejar cada cosa. El ascensor se ha ido y su lentitud me sulfura, así que bajo al trote las escaleras. Un presentimiento me dice que llego irremediablemente tarde para solucionar un mal que todavía no identifico.

¿Dónde demonios he aparcado el coche? La mudanza me está sorbiendo los sesos. Recorro la calle en una dirección y en la contraria, exploro las esquinas, me maldigo por no tomar puntos de referencia. Por una décima de segundo mi corazón estalla en vítores: distingo el tono de su pintura y las ralladas al nivel de la puerta del conductor… mas la alegría se troca en horror a velocidad incalculable pero rapidísima. ¿Cómo se mueve el coche sin mi permiso? ¿Acaso ha adquirido vida propia y ha decidido que ya está harto de mi manejo desatento y mi torpeza para estacionar? Incluso diría que se ha henchido en su indignación y levita más alto que un todoterreno.

Por más que parpadee sigo sin comprender la escena hasta que reconozco el cuerpo de una grúa dándole el abrazo de la muerte a mi inocente automóvil. Grito, maldigo, escupo de rabia. ¿Qué ha hecho, qué he hecho para merecer esto? En mí se adensa la impotencia de todos los hombres que solo querían descargar maletas durante unos minutos, tras una larga jornada de viaje, y después reposar mansamente en su nueva guarida, alquilada a prefiero no saber cuántos euros el metro cuadrado. Truncado el entusiasmo, interrumpida la mudanza, me siento atrapado en un semáforo ambarino que nunca da luz verde a la esperanza. 







viernes, 19 de septiembre de 2014

La escalera capitalista

 
Ya casi no recuerdo la última vez que ensayé un ensayo, si se me permite este pueril juego de palabras. Y lo echaba de menos. Por eso dedico la entrada de hoy al capitalismo. Pero no como se dedica un libro, un gol decisivo o una jornada de homenaje a un personaje de honra, sino más bien como quien le regala un corte de mangas al objetivo de su animadversión. Porque, tras soportar un gobierno con mayoría absoluta del PP, ¿quién no se vuelve un poco revolucionario?
 
Si algo hay que reconocerle al capitalismo es su capacidad para transmutarse con sigilo. Su última trampa consiste en proponer que pagues más para sentirte mejor, ya que se supone que parte de tu dinero se destina a una buena causa… como si fueras tú el responsable de la extrema pobreza de millones de personas, y como si los ingentes beneficios de las empresas detrás de ese producto encarecido no tuvieran nada que ver.
 
El viejo truco, que todavía funciona, se basa en atizar el ego y el individualismo del consumidor (de los cuales tampoco el que escribe ni quien lee estamos desprovistos). Pero no creo que la complejidad inherente al ser humano requiera tal cantidad de objetos en los que manifestarse, ni que estos sean la mejor manera de diferenciar su personalidad. Al contrario, al ser usados por muchos, tienden a uniformarnos. Lo mismo que te venden para distinguirte se lo venden a miles (y si pueden, a cientos de miles o a millones).
 
¿Cuánta gente se ha comprado el mismo pantalón, el mismo teléfono o el mismo coche que yo? No necesito la respuesta exacta para comprender que esa adquisición no me ha diferenciado de nadie sino al contrario, me ha igualado con una multitud desconocida: he sido atrapado en la misma red que otros incautos pececillos.
 
El capitalismo no se conforma con dictar lo que debemos comprar según renta, edad, sexo u aficiones. Aspira a controlar y manipular incluso nuestros sueños y deseos íntimos, que a su vez nos llevan a consumir toda clase de productos en una vana e interminable persecución. Después ya se encargarán los ejecutores del sistema de prefabricar ilusiones a la última moda para que sigamos alimentando el ciclo infinitamente. Y, sobre todo, se asegurarán de que no luchemos por nuestros sueños más genuinos, que la marejada publicitaria, la educación sin creatividad y los mensajes alienantes de los medios irán barriendo de forma progresiva.
 
Otro de los ardides que enarbola el capitalismo es su teórica permeabilidad social. Hoy estás abajo, amigo mío; observas la ropa elegante, los hoteles de lujo y los coches de alta gama como ideales inaccesibles. Pero si te esfuerzas mucho, si te imbricas en el sistema con la suficiente intensidad, tendrás la opción de ascender hasta la cúspide del rascacielos.
 
La igualdad de oportunidades es una patraña. Nunca se ha dado y nunca se dará. Además, ¿qué pasa si yo no quiero subir por la escalera (mecánica y deshumanizada) en cuyos resbaladizos peldaños se desvanecen valores que para mí tienen más valor que mirar al resto desde arriba?
 
Los conservadores suelen negar cualquier atisbo de bondad en el ser humano, dando por hecho que todos deseamos subir sin mirar atrás por la escalera diabólica. Pero en realidad no pueden obligarnos a actuar de esa manera. Lo que sí han conseguido hasta ahora es separar lo suficiente a quienes no pensamos así. De este modo han impedido que construyamos una estructura diferente que funcione mejor que la maldita escalera, en la que necesariamente uno tiene que subir para que otro baje, pero cuya cima se halla blindada por los magnates y garantes del capitalismo. ¿Y si pudiéramos organizarnos de una forma diferente en que predominara la colaboración ciudadana, en vez del egoísmo que nos aísla y favorece a las elites? ¿De verdad es tan importante el capital como para establecer distinciones que a menudo atentan contra la dignidad de las personas? ¿En serio solo debemos cultivar nuestra personalidad a través de los objetos que nos venden en centros comerciales?
 
Quizá las utopías sociales que nacieron en los años 60 resulten comparables a los intentos de Leonardo da Vinci por construir un ingenio volador en el siglo XVI. Buenas y bisoñas ideas condenadas al fracaso, pero rescatadas en el futuro como germen de las revoluciones por venir. Entonces aún carecíamos de la preparación y los medios adecuados para llevarlas a cabo con éxito. El sistema se recrudeció en sí mismo, los tiburones devoraron a los hippies y las bandas de rock enterraron sus guitarras en nichos de oro. Tuvieron que pasar varios siglos para que el hombre se alzara sobre la tierra en los primeros aeroplanos. ¿Cuánto habrá que esperar para que se desprenda el velo de la ignorancia y se derrumben los mitos que todavía sustentan la escalera capitalista? 

viernes, 8 de marzo de 2013

¿Apocalipsis o esperanza cultural?

Hace poco leí “La civilización del espectáculo”, el ensayo en que Vargas Llosa reflexiona sobre la decadencia y la destrucción de la cultura en nuestros tiempos. “La cultura está a punto de desaparecer, y acaso haya desaparecido ya”, afirma en las primeras páginas. La visión del escritor es claramente apocalíptica. Vivimos en un mundo en que “la cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”. Los productos que fabrican las industrias del cine o la literatura ya no tienen voluntad de perdurar en la memoria y el cerebro de sus consumidores. Se trata solo de generar dinero. Libros y películas son engullidos como hamburguesas. A esto ha conducido, según él, la democratización de la cultura: a la pérdida de su función crítica e intelectual, con la sustitución de escritores y filósofos por futbolistas y actores como referentes de la sociedad.  
 
Vargas Llosa también critica las manifestaciones artísticas recientes, que han abandonado la búsqueda de la belleza. En la misma línea se manifiesta el sociólogo Baudrillard, para quien “toda la duplicidad del arte contemporáneo consiste en reivindicar la nulidad, la insignificancia, el sinsentido y la imposibilidad de un juicio de valor estético fundado”.
Nadie duda de que Baudrillard y Vargas Llosa estén en disposición de establecer juicios de valor estético, y de que sus conocimientos les permiten una visión de conjunto de la historia del arte. Yo soy el primero en defender la lectura de los clásicos y el estudio de las corrientes artísticas del pasado. Sin embargo, nadie tiene el derecho a imponer su visión personal al conjunto de la sociedad. Quizá la gran pregunta sea: ¿para qué sirve el arte? Las respuestas pueden ser variadas: entretenimiento, posibilidad de enriquecerse, de adquirir popularidad… pero creo que su más noble función es su capacidad de ejercer como barrera crítica inalienable, de frenar la opresión y estimular la libertad y la creatividad.
Partiendo desde ese principio, el arte no debe limitarse a la búsqueda de la belleza. Quizá una obra bella se justifique por sí misma, pero necesita algo más para ser trascendente, al menos en estos tiempos en que nos hallamos saturados de “belleza artificial”.  Los artistas deben ser inquietos, experimentar, transgredir… y sus acciones han de ser significativas, sin dejarse arropar por la exageración y la ironía más dócil. Solo así sus actividades (incluso sus desmanes) encontrarán justificación y sentido.
Muchas de las manifestaciones del arte contemporáneo pecan de banales, no me cabe duda, y sus creadores no son muy diferentes de quienes especulan en los mercados bursátiles. Se aprovechan de la mercantilización del arte, del gusto por lo excéntrico que caracteriza a los medios de comunicación y de la pérdida de referentes estéticos para vendernos tiburones a precio de diamante. Por fortuna son solo una parte del entramado, aunque con frecuencia la más visible.
Según Lewis Carroll, “la esencia de la literatura es intentar imaginar la luz de una vela cuando se ha apagado”. Pero, ¿por qué no tratar de encender la luz reflexiva en medio del caos de neón en que nuestros ojos deambulan, sonámbulos? ¿O por qué no alumbrar lo oscuro, aquello que solo nos atrevemos a vivir a través de la ficción o lo imaginado? Decía Tolkien que sus personajes poseen todos la virtud de la valentía, mientras que él era un cobarde. Si los artistas y sus públicos no se atreven a explorar con audacia el mundo contemporáneo, la sociedad quedará condenada a la sumisión y al silencio.    

martes, 11 de diciembre de 2012

Escribir para pensar, pensar para escribir




La distinción entre el lenguaje escrito y el hablado es obvia. No es extraño el caso de los escritores que son brillantes en el primero y mediocres en el segundo. También hay oradores ingeniosos que se pierden cuando deben solidificar su discurso en la palabra escrita. A esta siempre se le exige mayor exactitud, pues se presupone que ha sido objeto de mayor reflexión.

Pero de lo que quiero hablar en esta entrada es de una tercera vía del lenguaje que no trasciende a los demás: el del pensamiento. Cuando tratamos de ordenar nuestras ideas y traducirlas en palabras, utilizamos un lenguaje diferente. Hay muchas frases que no necesitamos construir: son un flechazo del intelecto. No necesitamos explicar con tanto detalle el flujo del pensamiento, pero tampoco podemos dejar que se desboque sin control.

Por lo que a mí respecta, trato de conseguir la mayor concordancia posible entre la escritura y el pensamiento. Éste es un diálogo incesante con uno mismo. Es imposible no pensar, aunque sí es posible no escribir. En mi caso, ambos procesos se hallan indisolublemente unidos. Si se me ocurre algo de un mínimo valor, he de escribirlo cuanto antes para completarlo y concretarlo. En caso contrario me siento frustrado, siento que mi pensamiento ha sido en vano y que la idea se perderá en las grietas de mi memoria. La escritura salvaguarda mi razón. Sin ella sería un autómata de los impulsos.

Desde que he empezado a escribir con regularidad (no solo ficción, también toda clase de reflexiones), mi pensamiento se ha ensanchado profundamente. Diría que hasta entonces sólo me había aproximado al acto de pensar. Las palabras son la llave con que atravieso las barreras de mi mente. Son como espadas que atraviesan los escudos que cierran el intelecto. Escribo para pensar, pienso para escribir. También me gusta hablar, desde luego, pero tengo la impresión de que las conversaciones orales son un campo de pruebas en que mis dianas yerran a menudo el tiro.     

Hace decenas de miles de años que el hombre empezó a proferir palabras. Entonces tuvo que aprender que había cosas que era mejor callarse. Sin embargo, aún a día de hoy no siempre está claro el distingo. A veces nos horrorizan nuestras palabras y otras nos tortura nuestro silencio. Pero al menos podemos elegir. Aunque muchas personas parezcan evitarlo, el pensamiento no es una elección. Enfrentémonos a él con la mayor hondura de que seamos capaces, sin miedo a las revelaciones que nos brinde. Pensar es gratis, aunque nos cueste y a veces salga caro.   

jueves, 29 de noviembre de 2012

Una reflexión sobre el posmodernismo


Uno de los términos que más se repiten en el máster sobre Periodismo Cultural que estoy realizando es el de la posmodernidad. Se trata de un concepto amplio, desarrollado por autores como Foucault o Baudrillard, que abarca varias facetas del mundo contemporáneo y que ha suscitado tantos aplausos como críticas. En este artículo me propongo reflexionar acerca de las consecuencias que comporta en el arte de hoy. 

 El posmodernismo es muy diverso: lo único que tienen en común sus diferentes manifestaciones es que se alzan contra la modernidad. Defienden que el periodo idealista que esta encarnaba ha expirado. Ahora vivimos en un mundo en el que se nos han caído los mitos y todo es relativo. Afirma Vargas Llosa en su ensayo La civilización del espectáculo que “como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya nada lo es”. El escritor peruano reivindica el valor de la palabra frente a los pensadores posmodernos, que no conceden a la literatura capacidad para describir la existencia. También critica a Foucault porque ha defendido un mundo sin jerarquías de ningún tipo, tampoco culturales, en el que lo mismo vale Shakespeare que Ken Follet.

En mi opinión, la postura de Vargas Llosa es demasiado conservadora. Si el arte contemporáneo no nos impactara, si no tuviéramos dificultades para comprenderlo, no reflejaría la época confusa y compleja en que vivimos. Por ello no es una contradicción que entendamos mejor el arte clásico. Sus valores y su estética han sido asimilados a lo largo de los siglos y, aunque hayan quedado desfasados en parte, no nos cuesta identificarnos con ellos. Pero eso no significa que ciertas manifestaciones del arte de hoy no sean dignas de situarse junto a las grandes obras clásicas.

Ahora bien, la postura de los posmodernos es demasiado radical. La pérdida de las jerarquías termina por desvalorizar el concepto de cultura y asesta un golpe duro a la figura del creador. Son necesarios los autores brillantes y los autores mediocres para establecer diferencias entre el valor artístico de sus obras, cuyo mérito no puede reducirse a lo que señale la dictadura del mercado.

El ansia de progreso que caracterizó a la modernidad no ha desaparecido, aunque se deba adaptar a los nuevos tiempos. Quizá el arte en cincuenta años sea radicalmente distinto por la influencia de la tecnología. Quizá los seres humanos ordenen a robots que conformen obras hoy inimaginables. No me cabe duda de que el arte seguirá evolucionando y sorprendiéndonos.  Pero su punto de partida continúa siendo el mismo: el infinito deseo de libertad que inspira al ser humano. Las ficciones del arte nos permiten ser más libres que en la vida real, que es una prisión comparada con el paraíso que nos prometen nuestras fantasías. Por eso nunca se agotan, porque el hombre nunca se cansará de soñar. Y por eso creo que vale la pena acometer la creación de algo nuevo, o al menos actuar como si tal cosa no fuera imposible de antemano en estos tiempos que corren. El arte debe ser tan ambicioso hoy como lo ha sido siempre.