porque olvido también es una palabra excesiva.
domingo, 23 de febrero de 2020
Cariño
porque olvido también es una palabra excesiva.
domingo, 9 de febrero de 2020
Desamor
El tiempo que pasamos
juntos no fluye con la ligereza de antaño. Crecen los silencios, ya no
cómplices sino arduos; más fríos que íntimos. No se fusionan nuestras mentes ni
nuestros cuerpos. Los reproches han sustituido a las bromas, a las canciones y
bailes ridículos que tanta risa nos provocaban. Incluso las caricias se han
vuelto tenues, como si nuestras manos supieran que cada contacto puede ser el
último, y que más vale ir haciendo hueco a la soledad.
Dices que me quieres, pero
hay un pero en tu voz y una duda en tus ojos. Ya no fantaseas con un futuro
grandioso y pequeño, donde solo cabíamos tú y yo. Piensas alternativas,
reescribes tus deseos para que los míos no se interpongan en tu camino.
Sé que no he estado a la
altura de tus expectativas. Si te sirve de consuelo, también yo me he
decepcionado. Quizá te haya perdido por no saber encontrarme. No puedo culpar
a la mala fortuna, cuando yo mismo he ido llamando al desastre con ecos que al
principio parecían inaudibles, y que impregnaron mi ánimo de desesperanza.
Atrapado en la inacción, incapaz de dar un paso sin trastabillar, me he hundido
en la ruina de mis dudas.
Saber que te quiero, o
incluso que tú me quieres, no lo hace más fácil sino más doloroso. Los latidos
de mi corazón menguan en su propio laberinto. La capacidad de sentir se ha
convertido en un lastre, en un reactor de angustia que combustiona el día a día,
que modifica la hora de los relojes para detenerla en un punto al que ya no regresarán.
No puedo volver al minuto en que fui feliz, ni puedo avanzar una sola fecha en
el calendario de mis sentimientos. Me he congelado en un charco de lágrimas,
aquellas que derramamos en nuestros últimos encuentros, aquellas que revelan
que, incluso al abrazarnos, nos hacemos daño.
Y, pese a ello, veo mi
vida rodeada de tu ausencia, y es la isla más triste que alcanzo a imaginar.
Una isla tan solitaria que podría hundirse discreta en el océano, como la mano
temblorosa de un niño que persigue una estrella en la noche más oscura.
miércoles, 22 de enero de 2020
Insomnio
La
mente golpea como un martillo con sus pensamientos indeseados. Acumula bilis durante
el día para volcarla en el momento del descanso. Ideas estériles, mantras
repetitivos que giran una y otra vez sobre lo mismo, sobre nada, impidiéndote
conciliar el sueño.
Sueñas
con dormir. Lo deseas con toda tu voluntad. Pero el cerebro, ese ente extraño
en tu cabeza que parece separado de ti, no lo permite. Sus neuronas se niegan a
desconectarse. Insisten en alterar el flujo de tus latidos, en desequilibrar el
ritmo de tu respiración. Tratas de concentrarte en ella, pero lo impide una
fuerza superior a ti. Saltas de una cosa a otra en un terremoto silencioso que
se alarga durante horas. De nada sirve probar todas las posturas, darle la
vuelta a la almohada o a ti mismo, levantarte al baño o a la cocina, tratar de
despejarte. Los bostezos solo incrementan tu ludibrio.
¿Por
qué no puedes dormir? Para muchos es tan sencillo como cerrar los ojos y dejar
que las sábanas acaricien su cuerpo. Para ti se ha convertido en el calvario de
cada noche. No hay remedio que alivie tu problema. Retrasas la hora de
acostarte con la ilusión de sofocar el drama: solo es un engaño. Esperar a la
madrugada reafirma tu miedo. El fantasma del insomnio acecha durante el día y
aparece puntual en el instante preciso.
Pierdes
la noción del tiempo hasta que los rayos del sol revelan la llegada del
amanecer. Otra noche en blanco; en realidad muy negra, cementerio de
pensamientos fútiles. Te aguarda otra jornada donde tu atención se verá
disminuida, el trabajo resultará abrumador y el placer inalcanzable. Pero lo
peor será el retorno de la noche, la nueva y desigual batalla con tu
mente.
miércoles, 25 de diciembre de 2019
Adicciones
Crees controlarlo. Solo tomas una pastilla, nunca más de tres copas. Solo
apuestas el fin de semana. Con el tiempo, las normas se flexibilizan. Cada día
un poco más. Por una vez no pasa nada. Hoy tienes algo que celebrar, mañana
algo que lamentar. El consumo aumenta, pero sigues engañándote sobre tu
capacidad de gestión.
Si quisiera podría dejarlo, aseguras ante los otros o en tu fuero
interno. Pero en realidad no lo intentas. No tienes el menor deseo de reducir o
anular tu adicción. Se ha convertido en tu compañera más fiable y en tu mejor
confidente, a la que puedes recurrir cuando lo demás falla: la víbora que te
abraza sin juzgar, aportándote la relajación o la adrenalina que compensa los
sinsabores de la vida diaria.
No lo necesito. Solo es una forma de divertirse como otra cualquiera, te
dices a ti mismo. Pero si no lo tienes te pones nervioso. El mundo se torna
gris y cualquier cosa se convierte en una molestia insufrible. Llega un momento
en que te ocultas de la gente, porque no comprenden la intimidad que mantienes
con tu adicción (aunque, por supuesto, no la denominas así, esa palabra suena
muy mal y no hace justicia a la naturaleza de vuestra relación).
Te hundes en la adicción, nadas en ella huyendo de ti y de los demás.
Lejos, muy lejos, quieres distanciarte de quienes no te entienden, de los que
se niegan a aceptar tus excusas (aunque tú las llamas razones o motivos, los
tienes de sobra para comportarte de esa manera). Dejad de meteros con mi vida privada.
¿Qué os importa a vosotros?, gritas inflado de rabia.
Ya estás a solas con ella. Por fin ha conseguido tenerte en exclusiva,
apropiarse de ti. Tu salud, tus finanzas, tu estado de ánimo se resienten. Por
mucho que aumentes la dosis, no logras el estallido de adrenalina o la dulce
evasión que mecía tu mente con la suavidad de una brisa marina. Los mundos
ilusorios que se abrían ante ti, los goces sinfín se han convertido en un
pasillo oscuro, interminable, cuyas salidas han quedado cercenadas por tu
propio orgullo.
Tu cuerpo y tu cerebro claman por otra dosis. Estarían dispuestos a
cualquier sacrificio, a cualquier humillación por recuperar una dosis que les
devolviera la sensación primigenia. Pero no hay forma de conseguirlo. Ni
siquiera combinando varias adicciones alcanzas el mismo resultado. Nada basta,
y los periodos en los que no puedes permitirte tu dosis se tornan pozos negros
de los que emerges con dificultad creciente. Tu memoria se vuelve confusa, tu
propio rostro se ha convertido en un fantasma y tus músculos pesan tanto que a
duras penas logras moverte.
En tus escasos momentos de lucidez, comprendes que una nueva dosis quizá
resultaría mortal. Pero también seguir sin ella se parece a la muerte. Y te
preguntas si no será la muerte lo único que te permita recuperar por un
instante el placer perdido, antes de desvanecerte en el que, a estas alturas,
se antoja el único desenlace posible.
A lo mejor todavía haya algo en la vida por lo que merezca la pena
luchar. Pero el pasillo donde te asfixias es tan angosto, y la opresión que
sientes en el pecho tan fuerte, que no alcanzas a imaginar de qué se trata. Tal
vez una mano amiga podría sacarte de este infierno, mostrarte un camino lleno
de pinchos y esperanza, una crucifixión con final feliz. Pero has mordido cada
mano que quiso ayudarte, has arrojado al vacío todas las llaves y las puertas
de salida se han desvanecido para siempre.
Tu vida es este pasillo. La adicción te domina por completo, y no te
dejará escapar hasta que le hayas entregado la última gota de tu ser.
martes, 5 de noviembre de 2019
Mala memoria
Hoy me di cuenta de algo trágico: no me acuerdo de casi nada. No recuerdo
mis viajes, no recuerdo el rostro de viejos amigos, no sé qué comí ayer. Una
memoria pobre es el caballo de Troya de la imaginación. En ausencia de
recuerdos firmes, solo nos quedan los embustes. A falta de creencias,
espejismos de paja. Nos entregamos a frágiles materiales, a consejos estúpidos
seguidos a pie juntillas.
El surrealismo es pureza. Las luces que parecen alumbrar desmontan el
circo de la memoria. El terremoto de la lógica ha sido arrasado por el vendaval
de la fantasía. La magia se ha convertido en ropa tendida que apestará al
amanecer. La guerra es aquello que sucede entre el orgasmo y la menopausia. Las
mujeres duermen cuando los topos aúllan desesperados como lobos en medio del
desierto.
El combustible de la realidad ardió en el caldero de la ficción. De sus
brasas surgió una llama líquida que incendió tres planetas por capricho: no se
alinearon con su estrella.
La luz celeste se refleja en el dedo de un chimpancé cojo, que en vano
trata de atraparla para hacerse un sombrero. Los insectos caen sobre mí como la
sombra de una trinchera.
La naturaleza de la existencia es el olvido. Se han extinguido millones
de especies sin que les hayamos dedicado ni una triste poesía. Y nosotros aún
esperamos alcanzar un sentido de trascendencia, la túnica que cubra
las miserias de la noche oscura.
domingo, 6 de octubre de 2019
Tedio
Tedio: el cataclismo de nuestros tiempos. La
ineludible tentación del alcohol. El desahogo inútil de las palabras.
Pueblan mi mente los sonidos del bosque. Grillos
imaginarios atraviesan la noche. Estornudo setas y me indigesto con comida
basura. Los nutrientes no escalan la exigua cima de mi mente. Se quedan
atrapados en la trampa mortal de mi estómago.
La noche huele a decepción, fragancia barata de un
cuerpo que (descomponiéndose) se mueve por impulsos mecánicos.
La vida es simple cuando no le pides nada. Pero no
paramos de exigirle cosas, como si nuestra respiración fuera su hipoteca. A la
vida solo le importa su propia preservación. Las tragedias de los individuos
son un estorbo en sus propósitos.
La noche se vuelve fría. Cada luz de cada ventana es
un astro desvaneciéndose en mi retina. Podría ser diferente. Todo podría serlo.
La Tierra podría ser cuadrada si la mente se lo propusiera. Y, sin embargo,
cada rutina insignificante parece tan inamovible como la eternidad. Cada
persona es una estrella en mis manos, y también es el charco escupido por un
gigante que sueña con enanos.
Todo lo que escribo es inútil. No puede cambiar
nada, ni siquiera a mí mismo. Ojalá pudiera esconderme en la sima de mis
novelas. Sustituiría el mundo por palabras: los huracanes por tildes, los
terremotos por diéresis y los maremotos por paréntesis.
Es una tentación poderosa regodearse en el fracaso.
Sus tentáculos me abrazan con misericordia. Han fracasado tantos antes que yo
que sin duda me hallo en compañía de excelentes personas, llenas de talento,
vicios y anécdotas a relatar en el purgatorio interminable de los artistas
mediocres. Por desgracia, el aguijón de la escritura golpea sin distinción a
los genios y a los torpes, a los holgazanes y a los trabajadores.
Te obsesionas con tu pequeño mundo de palabras, que
crees gobernar y que en realidad te somete con la fuerza de tus más bajos
impulsos. Así un cuaderno fundado por el amor se convierte en la entelequia de
un loco.
Empiezo a escribir palabras solo porque suenan bien,
sin preocuparme de su significado. Quizá por un casual haya encontrado el
sentido de la poesía.
lunes, 2 de septiembre de 2019
Maldita vocación
Como muchos de vosotros sabéis, llevo trabajando todo el año en una novela cuyo título (aún no definitivo) es Maldita vocación. En realidad más tiempo, ya que la fase de ideación de los temas y los personajes comenzó bastante antes. Pero el primer día de este año fue cuando me decidí a arrancar el primer capítulo. En los siguientes cuatro meses conseguí completar la primera versión, algo que me sorprendió, pues mis dos anteriores novelas me exigieron más tiempo y tenían una estructura más sencilla.
En Maldita vocación hay tres personajes principales cuyas fases se narran a veces en primera, segunda o tercera persona. Hay algunos flashbacks, pero principalmente la acción se desarrolla hacia delante. Cada protagonista sigue su propia evolución, que se relaciona con la de los otros dos personajes. Sus vidas son muy distintas. Pertenecen a clases sociales diferentes y sus profesiones poco tienen que ver, pero a todos les une que contaban con una fuerte vocación que daba sentido a su existencia. Sin embargo, las circunstancias los condujeron por derroteros que no imaginaban. Este es, digamos, el punto de partida del argumento.
Una vez finalizada la primera versión, no toqué el texto durante un mes. Al cabo de treinta días, empezé a revisarlo desde el principio. Como curiosidad, el documento original contaba con menos de 44.000 palabras y ha acabado subiendo hasta las 48.000. Lo habitual es que, en la revisión, los textos adelgacen. En este caso no ha sido así, ya que he añadido nuevas escenas y reflexiones de los protagonistas, a los que no conocía tan bien cuando comencé a desarrollarlos.
El trabajo no ha concluido. De momento he enviado esta segunda versión a algunos amigos y lectores de
confianza para que me den su punto de vista, antes de mandarla a editoriales o
concursos. Así que el contenido todavía está sujeto a cambios. Pero, si queréis leer el inicio (ya revisado) de la novela, lo he publicado en este mismo blog. Me encantaría recibir comentarios, críticas o sugerencias. Si os apetece descubrir mis obras anteriores, tres de ellas están disponibles a través de mi página de autor en Amazon.
Soy consciente de que aún falta mucho para que mi libro sea publicado, pero me siento satisfecho por haber concluido la que ya es mi tercera novela. Bendita o maldita, la vocación de la escritura no me ha abandonado.
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