lunes, 25 de abril de 2011

Nietzsche Vs Einstein



















Recientemente se celebró dentro de mi cabeza un combate póstumo entre Nietzsche y Einstein. No hubo animadoras que amenizaran los descansos, ni entrenadores que alentaran a los protagonistas a resistir hasta la muerte, ni tampoco los gusanos interrumpieron el flujo de ideas contrapuestas. No hubo ganador ni siquiera a los puntos, entre otros motivos porque a Nietzsche le habría parecido demasiado burdo reducir el combate a una mera cuestión cuantitativa.

En mi opinión, Nietzsche es absolutamente certero en su crítica a las religiones. En textos como “El Anticristo” demuestra un gran conocimiento del espíritu humano, de sus temores y sus ficciones divinizadas. Acaso el filósofo alemán sea el mayor crítico de la historia del pensamiento. Pero, en aspectos científicos, creo que su visión se cierra demasiado en sí misma. Coincido con él en que las matemáticas son en gran medida una ilusión de certeza, una invención creada por el hombre para ordenar el mundo en su mente. Pero no creo que el deseo de conocer el universo en que vivimos y desentrañar sus misterios; el deseo, en suma, de aumentar el conocimiento científico, así como cualquier conocimiento, sea una señal de decadencia, sino todo lo contrario. Forma parte de la evolución humana, de su desarrollo cerebral, el planteamiento de preguntas acerca de su entorno y de sí mismo y el empeño en su resolución.

La ciencia ha convertido en tangible lo que antes parecía increíble y seguirá haciéndolo en el futuro. Entiendo que la ciencia nos puede llevar a la decadencia, a una vida insulsa desprovista de sensación, a forjarse universos mentales carentes de oxígeno vital. Y sé que su descontrol tiene consecuencias terribles, hasta el punto de que Einstein lamentó amargamente las consecuencias atómicas de sus descubrimientos. Pero también incrementa nuestra sabiduría y ensancha nuestro horizonte. La vida moderna sería un error sin la ciencia, del mismo modo que lo sería sin arte.

En último término, dice Nietzsche que los elementos de la naturaleza funcionan de determinada forma, pero podrían hacerlo de otra, pues las relaciones entre las cosas no son necesarias. Esta especulación sobrepasa los límites de la audacia intelectual hasta convertirse en una cábala de escaso fundamento. ¿Por qué debemos admitir un funcionamiento hipotético, cuando hemos descubierto evidencias del funcionamiento real? Aunque apenas hayamos erosionado el misterio del origen de la vida, los logros científicos alcanzados por el ser humano, gracias a figuras como la de Einstein, deben constituir motivo de orgullo, del mismo modo que las mayores creaciones literarias, musicales o plásticas.

La negación de un concierto universal no difiere en exceso de la creación de un mundo eterno e ideal preconizada por Platón, tan brillantemente refutada por Nietzsche. Supone otra manera de encerrarse en una caverna. El orden existe, exista o no un Dios, demiurgo o inteligencia que lo disponga. Aliento la fascinación por comprender ese orden, aunque se trate probablemente de una batalla perdida de antemano por las intrínsecas limitaciones de la especie humana.

De todas maneras, mostrarse crítico con Nietzsche es la mejor manera de honrar su legado. Discrepar de sus ideas debiera ser una obligación para todos sus lectores.





2 comentarios:

  1. Me ha gustado tu escrito. Quizás faltó ahondar un poco más en Einstein.

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