viernes, 19 de octubre de 2012

Desconectados (2)

A pesar de la caída de internet, el tiempo no se detuvo por completo y la clase terminó con puntualidad. Bajé a la cafetería junto a mis compañeros de fila, que solían jugar a las cartas en los descansos. Yo permanecí sentado entre ellos comiéndome una bolsa de patatas, ajeno a sus bromas y a su diversión. Por mucho que insistieran en que aprendiese las reglas de los diferentes juegos, yo no podía soportar la perspectiva de depender de la suerte, ni siquiera en un aspecto tan trivial.

Me distraje observando a un grupo de chicas pertenecientes a otro curso. Una de ellas era mucho más guapa que las otras. Nos habíamos cruzado varias veces en los pasillos de la facultad. Su rostro era siempre serio, como si estuviera obligada a mostrarse así ante los chicos cuya simple contacto visual le resultaba molesto. Por desgracia, se dio cuenta de que mis ojos reparaban en los suyos con una frecuencia que no podía ser aleatoria en un lugar tan atiborrado de ruido y de gente. Esquivó cuerpos, mesas y sillas para dirigirme una mirada intensa, lacerante. La sombra de alguien que iba hacia la barra interrumpió el duelo o, mejor dicho, la rendición incondicional. Un segundo después, la joven reía con sus compañeras. Entonces recordé que tenía novia y que no debía preocuparme por esas tonterías. Cogí el móvil por instinto para enviarle un WhatsApp, pero enseguida devolví mi teléfono inteligente a las profundidades del bolsillo.  

Puesto que internet no regresaba, la perspectiva de aguantar otras dos horas de clase se nos antojó insufrible y decidimos salir a tomar algo. Numerosos estudiantes estaban tumbados en el césped del campus. Pronto se congregó un grupo amplio en torno a la fuente de piedra, situada en el centro bajo la sombra de un roble. El tiempo empezaba a mostrarse primaveral. Sin embargo, la mayoría de rostros estaban de espaldas al sol. Las pantallas de los móviles emitían destellos fugaces y las palabras confusas iban de aquí para allá. Una sola pregunta se repetía mil veces con ligeras variantes, y las mismas respuestas vacías se daban una y otra vez.

En pocos minutos se desencadenó una desbandada general. Decenas de personas abandonaron la facultad, atravesaron el césped y traspasaron el arco de medio punto que delimitaba el campus. Mis cuatro amigos y yo conseguimos deslizarnos en el bar más cercano con zona Wi-Fi antes que la mayoría, de modo que pudimos sentarnos al fondo de la estancia. Sin embargo, enseguida comprobamos que allí tampoco había conexión.

Nos tomamos los refrescos sin demasiado entusiasmo. Los otros no tardaron en sacar una baraja para reanudar sus partidas. Esa clase de juegos suponían la solución perfecta para paliar el aburrimiento y disimular la ausencia de temas de conversación. Mientras ellos se entretenían yo acostumbraba a sacar el móvil y navegaba con frenesí o escribía algunos mensajes. El tacto de la pantalla era una caricia para mis dedos. Además había adquirido verdadera destreza con el teclado, tal vez comparable a la de un maestro pianista. Mi teléfono era el pasaporte para un sinfín de ocupaciones, no siempre divertidas pero igualmente necesarias. 

Creo que aquel día fue el primero en que deseé conocer las reglas de los juegos. Mis amigos parecían ajenos a cualquier preocupación durante su intercambio de cartas. De vez en cuando estallaban sonoras risas y bromas que me eran ajenas por completo. Tenía la impresión de que, si en aquel momento el techo del local hubiera comenzado a resquebrajarse, no se habrían percatado hasta que los primeros trozos les golpearan en la cabeza.

Solíamos acudir a ese bar para discutir acerca de trabajos o para esparcirnos después de las clases. Por primera vez me fijé en los adornos de las paredes: fotografías en blanco y negro de plazas y monumentos de la ciudad, recortes de periódicos de fechas por algún motivo históricas, cuadros con los rostros estirados de antiguos gobernadores. También reparé en las caras del resto de la gente. Varias me resultaban desconocidamente familiares. Era probable que hubiésemos coincidido en decenas de ocasiones en aquel mismo sitio, sin que ni ellos ni yo despegáramos la boca siquiera para lanzar un saludo. Pero ya era demasiado tarde para hacer amigos. En unos meses se me habría terminado esta etapa de la vida a la que llaman universitaria, pero que por lo visto consiste más bien en salir de fiesta sin nada que celebrar y en emborracharse hasta perder la conciencia de uno mismo (lo que incrementa en gran medida las posibilidades de mantener un encuentro sexual). No creía que fuese a echar de menos ni las clases ni a los profesores, ni quizá tampoco a los que todavía eran mis compañeros y que se dedicaban a jugar a las cartas como si en sus símbolos y números se hallara todo el sentido de la existencia. 

Por lo que a mí respecta, estaba ya bastante convencido de que la vida carece de un sentido profundo, pero también de que ese no es motivo para dejar de vivir. En poco tiempo sería mi propio jefe e iniciaría una aventura empresarial. Quizá la abrumadora seguridad que tenía acerca de mi éxito la volvía menos excitante, pero en cualquier caso mi deseo de finalizar la carrera era categórico. No podía imaginar por qué tantas personas aseguraban que los años universitarios habían sido los mejores de su vida. Para mí reptaban como el cauce de un río seco, sin otro propósito que la expedición de un documento cuya única importancia consistía en autorizarme a ser libre y ambicioso.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Desconectados

Os dejo el inicio de la novela en que estoy trabajando. Llevo escritas más de cincuenta páginas, pero cada línea está todavía sujeta a revisión. ¡Me interesan mucho vuestras opiniones!




El instante en que internet se desconectó estaba en clase revisando mis seguidores en Twitter. Tenía 7 612. Esas personas o entes iban a ser mi futuro. Esperaba que en poco tiempo fueran mis clientes: les vendería mis conocimientos acerca de redes sociales, marketing online, generación de tráfico, posicionamiento web, analítica web, diseño de páginas web… toda una serie de habilidades que había adquirido con los años y que, de pronto, no servían para nada.

Comprobé en el ordenador que no había ninguna red inalámbrica disponible. Tampoco con el móvil era posible conectarse. Mis compañeros cuchicheaban excitados. Observé que en cada pantalla se propagaban como una calamidad bíblica el fondo blanco y las palabras malditas:

Internet Explorer no puede mostrar la página web

Puede intentar lo siguiente:

Diagnosticar problemas de conexión

 

Miré el reloj desde la tranquilidad de la última fila. Restaban treinta minutos para que la clase finalizara. Habría que aguantar un rato sin internet. Tal vez podía escuchar lo que el profesor estaba diciendo. Hablaba acerca de la historia de la publicidad en televisión, un tema que no me interesaba lo más mínimo en tanto que la televisión era un medio acabado y arrodillado ante la todopoderosa red. La radio, los periódicos, los libros… eran también antiguallas cuyo lugar debía reservarse a la memoria y la nostalgia de hombres viejos. El futuro de la humanidad pasaba por una interconexión global y una transmisión de datos instantánea mediante los cauces de la tecnología informática. La misma idea de permanecer sentado oyendo lo que un profesor ya entrado en años había leído cuando tal vez fuera joven me disgustaba profundamente.

Los treinta minutos transcurrieron de manera exasperante. Podía escuchar el latido de cada segundo demorándose en el ambiente sombrío del aula. El profesor hablaba en un tono monótono y rápido, como si las palabras fueran burbujas que deseara expulsar cuanto antes. En las primeras filas, alguien tomaba apuntes. Sin embargo, en las últimas la mayoría se dedicaba a jugar al solitario, al buscaminas o entretenimientos similares. Otros parloteaban en voz baja, como si su única expectativa para matar el tiempo consistiera en que un compañero dijese algo ingenioso, lo cual no era demasiado probable.

Yo me limité a morderme las uñas con la vista fija en la esquina inferior derecha de la pantalla, donde el reloj se negaba a avanzar. El ordenador no me interesaba sin internet. No lo usaba para ver videos estúpidos, escuchar canciones malas o chatear con el primero que apareciese. Era el instrumento con el que pretendía edificar mi porvenir. Tenía en mente la creación de una empresa ambiciosa, para lo cual me había construido una cierta presencia en la red. Disponía de un buen número de contactos y un tráfico fluido hacia las diferentes páginas webs que me representaban. Pese a mi juventud (o gracias a ella), empezaba a ser una referencia en mi campo. En unos meses terminaría el grado en Publicidad y Relaciones Públicas y lanzaría mi campaña de promoción. Mi plan estaba trazado con meticulosidad para reducir al mínimo las posibilidades de fracaso. La inversión era mínima y las posibilidades de negocio brillantes.

En los últimos minutos de la clase, el profesor frenó el ritmo de su discurso. Tal vez se sintió presionado porque un pequeño porcentaje de alumnos que casi nunca le miraban parecían escucharle, o quizá había calculado mal y la lección que conocía de memoria estaba acabándose antes de tiempo. Era un hombre alto y delgado cuya voz aguda transmitía una notable inseguridad. Más de una vez había pensado que su presencia era otro signo de la decadencia de las universidades en general y de la mía en particular. Sin duda el momento más ridículo de sus lecciones era cuando preguntaba con una especie de sonrisa complaciente si había quedado todo claro, como si atribuyera la ausencia de dudas a la precisión de sus explicaciones y no a la manifiesta falta de interés que suscitaban.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Reencuentro


 
Encontraré un camino hasta llegar a ti.

Conseguiré desnudarte.

Te miraré sin extrañeza,

porque nuestro destino es compartirnos.

 

Alma, cuerpo, mente:

son fronteras de humo.

Solo tú y yo somos reales.

 

Aunque no pueda acariciarte por dentro,

ni palpar el hálito que te impulsa,

puedo sentirte rodeándome en todas direcciones.

Sé que caminas conmigo cuando paseo en solitario

y siento como una agradable tristeza.

 

Antes del fin serás mía,

y yo seré de ti,

Antes de que se encuentren la vida y la muerte,

tu corazón habrá latido en mi pecho.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Fénix de luna



 

Las fauces de las nubes engullen a la luna. La rodean poco a poco, tendiéndole un manto de pálida frescura; la seducen con su baile siniestro; cada uno de sus pasos, un muñón desgarrado. La luna grita en silencio que la abracen. Pero ya los dientes blancos muerden su carne de fantasma. Nadie oye su alarido cuando es borrada del cielo como una mancha triste.

Las nubes siguen su tenebroso camino; la luz que han robado no cabe en su seno. Pero en mi memoria sigue viviendo aquella luna que pedía clemencia a los pies del firmamento, sin que nadie la oyera. Y en mi corazón persiste una sombra de aquella luz que fue arrancada. La recordaré cuando las estrellas se cansen de brillar y cuando el sol proteste porque la noche no le llama. Entonces el cadáver de la luna emergerá de mi interior y encontrará su sitio por encima de los muertos y los vivos.  

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Una extraña alergia


En los instantes previos al nacimiento del bebé, el padre supo que había llegado el momento más trascendental de su vida. Mientras tanto la madre trataba de dominar la exigencia de la situación. Un corro de voces la aturdía; sus intentos por empujar a la criatura no parecían suficientes. Pero poco a poco se abrieron puertas en su cuerpo. De su interior brotó primero una cabeza, después un cuerpo de brillante palidez, al fin unos pies leves como algas.

El dolor y la tensión en el rostro de la madre se tornaron en una sonrisa todavía incrédula. Él lo había planeado todo: sujetaría al bebé entre sus brazos nada más se desligara en su totalidad, lo elevaría como un estandarte y lo besaría antes de entregárselo a la mujer que amaba.

Sin embargo, cuando la criatura quedó tendida en la camilla esas intenciones se apagaron cual febril alucinación. La frente del padre se arrugó de pronto, se afilaron sus ojos y se endureció toda su expresión. No pudo acercarse al bebé, que le produjo de inmediato una repulsión aterradora, como si su mujer hubiera engendrado al demonio.

Se marchó del hospital a la carrera. Solo se atrevió a volver al día siguiente para permanecer junto a su esposa. No preguntó por el niño, pero aun así le explicaron que le habían hecho algunas pruebas rutinarias y que pronto podrían llevárselo. “Es una criatura preciosa”, añadió con una sonrisa afectuosa la enfermera que atendía a la madre. ”Estarás ansioso por verla”. El padre asintió poco entusiasmado y se inventó una dolencia para justificar la huida ante su mujer. Ella no le prestó atención y le relató el modo en que lo había acariciado y besado en sus primeras horas: “Ojalá hubieras estado conmigo”.

 
La situación se agravó cuando la familia dejó el hospital y se estableció en el piso. El padre no podía permanecer a menos de cinco metros del bebé. Su cercanía le provocaba estornudos, fiebre y picores, además de un temor inexplicable. La pareja se sentía muy desconcertada. Sus sueldos no permitían lujos y la vivienda era reducida, de modo que el sofá se había convertido en la odiosa reclusión del esposo. La convivencia se hizo difícil y la tensión se incrementó. Consultaron a pediatras y psicólogos, pero ninguno encontró una explicación racional para los problemas del padre. A todos resultaba obvio que el bebé era normal y, por tanto, inocente.

La pareja concluyó que debían solucionarlo entre ellos. Acordaron que la madre lo ataría a una silla y le traería al bebé, obligándole a aceptarlo. El hombre la ayudó a sujetarle las piernas con cinta americana. Ella le besó en la frente, le acarició el rostro y trató de infundirle fortaleza con una sonrisa reparadora. “Todo se va a arreglar, cariño. Vamos a ser muy felices los tres”. Él asintió, cerró los ojos unos segundos, asió con fuerza sus manos al asiento y se irguió todo lo que pudo en el respaldo.

La madre regresó enseguida con el niño envuelto en un pañal azul. El bebé, arrancado de la placidez de la cuna, gimoteaba y protestaba. La mujer lo besó y balanceó suavemente. Al mismo tiempo que se relajaba el hijo se agitaba el padre: se convulsionaron sus rodillas, se multiplicaron sus espasmos y sus dedos apenas podían resistir la tentación de desatar la cinta americana.
 

La madre se acercó dando pasitos cortos. Alternó su mirada del bebé al marido, cada vez con mayor frecuencia. El hombre se inclinó hacia su hijo todo lo que le permitía su cuerpo amarrado. La mujer lo deslizó en sus brazos abiertos y se alejó unos centímetros para deleitarse en la unión… pero el miedo pudo más que la lógica y el deseo. Al notar el suave contacto de la carne del niño, su padre lo dejó caer, se arrancó la cinta americana y corrió hacia la puerta de salida, abandonando a un bebé ensangrentado en el suelo y a una mujer doliente junto a él.

Debatido entre la angustia, el remordimiento y el alivio, no se atrevió a volver en tres días. Un nuevo temor, el de la reacción de su esposa, se sumó al que le profesaba a su hijo. Temía que sintiera como propia la ofensa e interpretara el rechazo del bebé como un rechazo implícito a la madre. Pero no estaba dispuesto a renunciar de un modo tan pusilánime a la felicidad, así que regresó a casa y llamó tres veces a la puerta, suave y despacio. Se le eternizaron los segundos que la mujer tardó en abrirle y se le aceleraron las pulsaciones al enfrentarse a su seriedad. Masculló una pregunta acerca del estado del niño. Ella lanzó un suspiro: “Podría haber sido peor”.

Lo invitó a entrar con un gesto de su mano, o más bien se lo exigió. Los ojos del padre dieron un repaso completo al salón, sin resultado. “Ven a mi dormitorio”, dijo la mujer. En cuanto puso un pie en él le recibieron unos berridos tremendos. “No quiere ni que te acerques”. Contuvo el deseo de cumplir la aparente voluntad del niño y se inclinó sobre la cuna, estremeciéndose al descubrir el amplio vendaje que cubría su frente. Los lloros se desbocaron a la vez a un lado y otro de la barandilla. El hombre retrocedió y la madre consoló al bebé, olvidándose de la presencia de su esposo hasta que arreciaron sus estornudos, acompañados de flemas y mucosidades incontenibles. “Enseguida voy contigo… de momento será mejor que esperes fuera”.
 

El padre agotó sus reservas de pañuelos, se sentó en el sofá y observó su propio reflejo difuminado en la pantalla oscura del televisor. Encima del aparato destacaban las fotografías del viaje de novios, correspondientes al pasado verano. Las amplias sonrisas de los enamorados parecían presagiarles largos años de felicidad.

La madre reapareció todavía sonriente después de tranquilizar a su hijo. El padre intentó decir algo, pero apenas salieron de su boca unos balbuceos. ¿Cómo explicarle que no podía acercarse al bebé, que no lo odiaba sino que lo temía igual que un niño pequeño teme al coco y al hombre del saco? La mujer se sentó a su lado y le besó en la mejilla: “Sé que no es culpa tuya”.
Cuatro semanas más tarde, el hombre se dirigió a un parque próximo a la vivienda de la madre de su hijo. Ella le esperaba en un banco de piedra, con las piernas cruzadas y la mirada serpenteando entre los hierbajos del suelo. Él se detuvo unos segundos y la contempló escondido en la sombra de un árbol. Suspiró y se encaminó hacia ella. Nada más verlo la mujer se levantó para abrazarlo. Deslizó los dedos por su espalda en una lenta caricia mientras él se aferraba a su cintura.

–Te quiero —le susurró el hombre a la oreja.

–Y yo a ti, cariño.

–Necesito verte más.

La mujer deshizo el enlace y lo miró con los ojos muy abiertos, llenos de compasión.

–A mí también me gustaría, pero sabes que no es posible. Por ahora solo tengo dinero para pagar a la niñera un día a la semana. 

 
(Este relato forma parte de mi libro "Juicio a un escritor", disponible en la red por menos de un euro)

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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Mis proyectos literarios

Escribo esta entrada para comentaros mis actuales proyectos literarios. Para empezar, os menciono que soy uno de los colaboradores de una página sobre literatura que está cada vez más activa: http://www.atendiendoarazones.com/  En ella publicamos reseñas de libros, crónicas de eventos literarios, artículos de opinión… Os animo a que la visitéis y a que dejéis algún comentario, cualquier aportación será bienvenida. De hecho, estamos abiertos a contar con nuevos autores que deseen plasmar de un modo u otro su visión de la literatura.   
 
Por otro lado, sigo tratando de publicar mi primera novela en las mejores condiciones posibles. Si conocéis alguna editorial proclive a apostar por autores noveles, os agradecería que me facilitarais una forma de contacto. Sin embargo, mi actividad no se detiene y hace unos días he comenzado a escribir una segunda novela cuyo argumento nada tiene que ver con la primera. No quiero adelantar demasiado de la trama porque espero que algún día tengáis la oportunidad y el deseo de conocerla poco a poco, pero el tema gira en torno a internet y sus múltiples reversos. ¿Alguien se ha imaginado qué cambios deberíamos afrontar en nuestra vida si no dispusiéramos de conexión? Por lo pronto, este blog no sería posible y habría perdido la ocasión de conocer gente estupenda que me ha animado mucho a proseguir mi labor literaria.  

Por último, os recuerdo que “Juicio a un escritor” (el que es por ahora mi único libro publicado, compuesto por 16 relatos independientes) sigue a la venta tanto en papel como en formato digital.


Un saludo a todos y gracias por vuestros comentarios y aportes.

martes, 11 de septiembre de 2012

Irlanda, una tierra literaria

Siento haber dejado el blog desatendido durante algunas semanas, pero vuelvo de Irlanda (aquí podéis ver Fotos de mi viaje) entendiendo mejor por qué ha habido tantos escritores en esta isla verde y hermosa. En ciertos lugares se respira un ambiente como de embrujo y las nubes parecen esconder un misterio, como el de un hombre que desaparece bajo los árboles torcidos por la gigantesca mano del tiempo.

El mar de Irlanda también posee vida propia, con sus particulares hijos. Como los imponentes acantilados de Moher, que son un ejemplo de desordenada y magistral construcción de la naturaleza. En un día desconocido y lejano, el canto de la naturaleza se convirtió en un grito incomprensible para el hombre. Sus sonidos furiosos llenan ahora el alma de melancolía.

El arcoíris en Dublín es un puente de luz colgado en el cielo que une la lluvia con el sol tímido y callado: a sus pies, una ciudad de orgulloso pasado. La historia de Irlanda es un poco como la historia del mundo, salpicada de sangre, nacionalismos y disputas religiosas, pero también repleta de héroes honorables y justos. No hay nada tan estimulante como la ignorancia, de la que uno es plenamente consciente cuando observa en la biblioteca del Trinity College las interminables filas de libros que te miran desde las alturas, ocultando sus secretos inalcanzables.

Pero quizá el lugar que más me ha impresionado ha sido el cementerio de Glasnevin, donde parece que el tiempo se ralentiza a la vez que la vida se acelera a extinguirse como un girasol mustio. Los sonidos se amortiguan y las palabras del viento adquieren inefables significados. Allí estuve sentado en una tumba, descansando de la vida y saboreando el fruto de la muerte, convertida en una serena obra de arte. Al fin y al cabo, ¿qué es la vida si no una curva que se tuerce en el curso de la muerte? Mas pese a ello, sigue creciendo entre los escombros.

¿Cómo serán las fiestas subterráneas de los difuntos? Me gustaría pensar que lo sabré algún día, que cuando muera no habré muerto y sueñe que he vivido.